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Actualizado: 13 ene 2025



Nos aferramos a la causalidad como a un salvavidas en medio del caos de la existencia. Construimos cadenas explicativas perfectas, donde cada efecto tiene su causa clara y cada acontecimiento su razón necesaria. Es el cuento de hadas que nos contamos para dormir tranquilos, la ilusión de que todo tiene una explicación si miramos con suficiente atención.


Pero entre la causa y el efecto se abre siempre un abismo inexplorable, una falta que ninguna explicación logra colmar. No importa cuánto refinemos nuestras teorías o cuánto profundicemos en nuestros análisis: siempre queda ese espacio misterioso, ese salto lógico que ninguna causalidad puede explicar. Es el punto ciego de nuestros sistemas explicativos, el lugar donde la razón tropieza consigo misma.


Esta falta no es un defecto de nuestro entendimiento, sino la marca de lo real que insiste en escapar a nuestras redes causales. Es el recordatorio de que hay algo en la existencia que resiste obstinadamente a ser capturado por nuestras explicaciones, que se burla de nuestros intentos de domesticar el misterio con cadenas de causa y efecto.


 
 
 


La fantasía más común sobre el análisis es que allí aprenderemos sobre nosotros mismos, como quien estudia un manual de instrucciones de su propia psique. Se espera acumular conocimientos tranquilizadores que nos permitan "manejar" mejor nuestra vida. Nada más lejos de lo que realmente ocurre en el proceso analítico. El verdadero saber que emerge en análisis no viene a completar nuestro conocimiento, sino a agujerear nuestras certezas.


Este saber inquietante no se añade a lo que ya creemos saber sobre nosotros mismos; más bien socava esas construcciones imaginarias tan cuidadosamente edificadas. No es un saber que se aprende, sino uno que irrumpe, que se impone, que emerge a pesar de nuestras resistencias. Es un saber que desestabiliza precisamente porque toca algo de nuestra verdad más íntima, esa que preferimos mantener a distancia.


La paradoja del análisis es que su eficacia no reside en acumular más conocimiento, sino en permitir que emerja ese saber perturbador que ya nos habita. No se trata de construir nuevas certezas, sino de hacer espacio para que caigan las viejas, permitiendo que surja algo más auténtico desde las grietas de nuestras seguridades imaginarias.


 
 
 


Los términos "autoestima" y "resiliencia" se han convertido en los pilares gemelos de la subjetividad neoliberal, una maquinaria conceptual diseñada para producir sujetos dóciles ante la voracidad del mercado. La autoestima, lejos de ser una herramienta de autovaloración genuina, funciona como un imperativo superyoico implacable: "debes amarte lo suficiente como para seguir siendo productivo". Es la interiorización perfecta de la lógica mercantil en el núcleo mismo de nuestra relación con nosotros mismos.


La resiliencia completa esta operación perversa. No celebra la capacidad humana de resistir y transformar las condiciones adversas, sino que premia la sumisión silenciosa ante cualquier forma de violencia sistémica. El mensaje es claro: tu valor reside en tu capacidad de aguantar, de doblarte sin romperte, de absorber golpe tras golpe sin cuestionar jamás quién los propina. Es la despolitización perfecta del sufrimiento, convertido ahora en oportunidad de demostrar tu "fortaleza".


Esta pareja conceptual opera como el dispositivo perfecto del capitalismo contemporáneo: mientras la autoestima te exige estar constantemente a la altura de las demandas del mercado, la resiliencia te felicita por soportar sus consecuencias sin rebelarte. No es casual que este discurso confunda deliberadamente el optimismo sumiso con el verdadero entusiasmo que nace de la lucha y la transformación colectiva.


 
 
 
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