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El racista no odia al otro. Odia su manera de disfrutar. La diferencia en el goce se vive como robo fundamental.



El odio al disfrute ajeno.


El vecino no molesta por quién es sino por cómo vive. Su comida huele fuerte, su música suena demasiado alto, su forma de hablar raspa el oído. El racista no odia la presencia del otro sino su manera particular de disfrutar la vida. Esa diferencia en el goce se siente como invasión, como si el otro estuviera tomando algo que no le corresponde.


El segregacionista percibe en el otro un placer que a él le fue negado. La música del vecino no solo interrumpe el silencio: confirma que alguien está disfrutando de una manera que él nunca podrá. Esta percepción genera una indignación moral profunda. El otro no solo es diferente: está robando un goce que debería ser propio.


El trabajo clínico muestra que el racismo vive en la relación con el placer del otro, no solo en construcciones sociales abstractas.


Lecturas:


Black, J. (2023). The Psychosis of Race: Psychology and the Other. Routledge.


Psicoterapia
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Sabemos qué nos daña. Lo elegimos igual. El análisis desmonta lo que impide querer el bien conocido.

Saber no es poder.

Sabemos que fumar mata. Fumamos igual. Sabemos que esa relación nos daña. Volvemos igual. El alcohólico conoce perfectamente los efectos del alcohol. El neurótico identifica sus patrones repetitivos. La información no basta para cambiar. Algo en nosotros quiere otra cosa que el bien. Este es el escándalo que el análisis enfrenta cada día.


Preferimos el sufrimiento conocido a la angustia de lo nuevo. Hay una inercia que nos ata a lo que daña. No es masoquismo simple; es algo más profundo. Repetimos porque, de algún modo oscuro, gozamos de la repetición. La parte de nosotros que no quiere cambiar es más fuerte de lo que admitimos. Conocer el problema es apenas el primer paso.


El analizante descubre que su problema no es ignorancia sino voluntad dividida. No hay pedagogía del deseo. El trabajo analítico no enseña lo que conviene. Desmonta, pieza por pieza, lo que impide querer lo que ya se sabe.


Lecturas: Lacan, J. (1964/2003). El seminario de Jacques Lacan. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.

 
 
 

Enamorarse del analista es pedir, sin saberlo, que no nos miren donde verdaderamente duele.

El amor como escudo.


El analizante se enamora del analista. Sucede más de lo que se cree. No es accidente ni complicación: es parte del proceso. Pero este amor tiene una función secreta. Sirve para evitar algo más difícil. Enamorarse del analista es una forma elegante de no mirarse a uno mismo. El amor aparece justo cuando algo amenaza con revelarse.


Quien declara amor en análisis está pidiendo, sin saberlo, que no lo miren donde realmente duele. Ofrece intimidad para evitar la intimidad consigo mismo. No miente; genuinamente siente lo que siente. Pero ese sentimiento funciona como un velo. Detrás de la demanda de ser amado hay otra cosa: un deseo que el analizante no puede nombrar.


El trabajo analítico avanza cuando el analista no responde al amor con amor. Cuando no cede a la seducción, algo más profundo puede finalmente aparecer. El amor resistido abre paso a lo que verdaderamente importa.

Lecturas:

Lacan, J. (1964/2003). El seminario de Jacques Lacan. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.


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