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El analista no resuelve enigmas: los sostiene. Devolver la pregunta es hoy el acto clínico más subversivo.


El deseo pregunta. La clínica actual se enfrenta a una paradoja central: mientras el sujeto contemporáneo exige respuestas rápidas y certezas inmediatas, el psicoanálisis persiste en la apuesta por la pregunta. No cualquier pregunta, sino aquella que erosiona lo sabido, desarma la defensa y abre un vacío fértil. La práctica psicoanalítica no busca resolver enigmas, sino sostenerlos: el inconsciente no es un depósito de verdades ocultas, sino un campo de fuerzas donde cada versión de la historia puede ser animada por un deseo de saber.

El mayor desafío del analista hoy no es interpretar, sino preguntar de un modo que despierte el anhelo de otra versión. No se trata de ofrecer sentido, sino de encender la inquietud que lo hace vacilar. Hay quienes buscan en la cura analítica una pacificación, pero el trabajo del analista es otro: sostener la tensión, hacer del síntoma un problema interesante, del relato un enigma aún por contarse.

Actualmente, el mercado exige narrativas homogéneas y coherentes: el psicoanálisis responde con el arte de avivar las versiones. En tiempos de respuestas preempacadas, el analista encarna una posición ética: aquella que devuelve al sujeto su pregunta.

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El racista no odia al otro. Odia su manera de disfrutar. La diferencia en el goce se vive como robo fundamental.



El odio al disfrute ajeno.


El vecino no molesta por quién es sino por cómo vive. Su comida huele fuerte, su música suena demasiado alto, su forma de hablar raspa el oído. El racista no odia la presencia del otro sino su manera particular de disfrutar la vida. Esa diferencia en el goce se siente como invasión, como si el otro estuviera tomando algo que no le corresponde.


El segregacionista percibe en el otro un placer que a él le fue negado. La música del vecino no solo interrumpe el silencio: confirma que alguien está disfrutando de una manera que él nunca podrá. Esta percepción genera una indignación moral profunda. El otro no solo es diferente: está robando un goce que debería ser propio.


El trabajo clínico muestra que el racismo vive en la relación con el placer del otro, no solo en construcciones sociales abstractas.


Lecturas:


Black, J. (2023). The Psychosis of Race: Psychology and the Other. Routledge.


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Sabemos qué nos daña. Lo elegimos igual. El análisis desmonta lo que impide querer el bien conocido.

Saber no es poder.

Sabemos que fumar mata. Fumamos igual. Sabemos que esa relación nos daña. Volvemos igual. El alcohólico conoce perfectamente los efectos del alcohol. El neurótico identifica sus patrones repetitivos. La información no basta para cambiar. Algo en nosotros quiere otra cosa que el bien. Este es el escándalo que el análisis enfrenta cada día.


Preferimos el sufrimiento conocido a la angustia de lo nuevo. Hay una inercia que nos ata a lo que daña. No es masoquismo simple; es algo más profundo. Repetimos porque, de algún modo oscuro, gozamos de la repetición. La parte de nosotros que no quiere cambiar es más fuerte de lo que admitimos. Conocer el problema es apenas el primer paso.


El analizante descubre que su problema no es ignorancia sino voluntad dividida. No hay pedagogía del deseo. El trabajo analítico no enseña lo que conviene. Desmonta, pieza por pieza, lo que impide querer lo que ya se sabe.


Lecturas: Lacan, J. (1964/2003). El seminario de Jacques Lacan. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.

 
 
 
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