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La necesidad se llena y descansa. El deseo se ahonda cuanto más da. No es vacío que busca; es plenitud que desborda.


El deseo que no se llena. La necesidad busca llenarse. Tiene un objeto, apunta a él, lo alcanza y descansa. El hambre quiere pan; cuando lo obtiene, se sacia. Este es el modelo que usamos para entender todo querer: un vacío que busca su complemento, una carencia que persigue su satisfacción. La felicidad sería el estado donde nada falta.


Pero hay otro movimiento que no funciona así. Un deseo que no nace de la carencia sino de la plenitud, que no busca llenarse sino que se ahonda cuanto más da. Lo deseable no sacia este deseo; lo profundiza. Cada respuesta abre nuevas preguntas, cada entrega descubre nuevas deudas. Es un hambre que se nutre de alimentar a otros.


Quien ha cuidado a alguien lo conoce: cuanto más das, más descubres que puedes dar. No es sacrificio que vacía; es generosidad que encuentra en sí misma recursos que no sabía tener. El deseo del otro no completa; desborda. Esa es su extraña riqueza. Referencias: Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI

 
 
 

Firmamos la paz con sangre invisible. Los imperios pacifican territorios mientras ejecutan singularidades. Tu pasaporte es tu elegante certificado de defunción.

La guerra invisible.

La paz imperial arrastra una sombra imperceptible pero omnipresente: su nacimiento en la violencia que pretende superar. Los tratados que cierran conflictos no cicatrizan heridas, solo las cubren con vendajes administrativos. Cuando los estadistas firman acuerdos, lo hacen sobre mesas pulidas con la misma madera que antes construyó trincheras. Las banderas ondeantes de la concordia flamean sobre campos donde identidades particulares fueron segadas como hierba silvestre, demasiado indómita para el paisajismo político. Esta paz organiza pero no restaura, calcula pero no comprende, archiva pero no escucha.

Nos enfrentamos entonces a la paradoja del orden pacificador: cuanto más eficiente es la paz totalitaria, más profundamente continúa la guerra contra la singularidad. El silencio de los cañones no significa el fin de la violencia, sino su sofisticación. La administración eficiente del territorio conquistado resulta más devastadora que las bombas: los documentos de identidad mutilan más profundamente que las bayonetas. La burocracia, con su rostro anónimo y objetivo, ejecuta una aniquilación perfectamente legal de lo único y lo insustituible. Los sistemas totalizantes celebran armisticios con los Estados mientras libran guerras silenciosas contra los rostros.

El genio de Levinas radica en desvelar esta continuidad subterránea entre guerra y paz dentro del paradigma de la totalidad. Su filosofía desenmascara la violencia inherente a cualquier sistema que subordine lo particular a lo universal, lo concreto a lo abstracto. La totalización opera mediante una doble reducción: primero, convierte seres en conceptos; después, ensambla estos conceptos en sistemas comprehensivos donde todo tiene su lugar asignado. Este orden aparente que promete seguridad exige a cambio la rendición de nuestra alteridad radical. La identidad alienada durante el conflicto abierto permanece igualmente perdida durante la reconciliación sistemática.

Esta crítica levinasiana no es mero ejercicio teórico sino desafío fundamental a la ontología occidental. La totalidad no representa un simple error epistemológico sino una orientación ética problemática. Al privilegiar la coherencia sobre la diferencia, el ser sobre el ente, lo universal sobre lo singular, nuestra tradición filosófica ha legitimado estructuras de dominación bajo apariencia de racionalidad. La verdadera paz, sugiere Levinas, no puede fundarse en la subsunción de lo Otro en categorías preestablecidas del Mismo. Requiere, por el contrario, una relación asimétrica donde la alteridad del Otro permanezca inviolable, irreductible a mi comprensión.

El ciudadano contemporáneo habita esta contradicción cotidianamente, dividido entre pertenencia y extrañamiento. Intercambiamos singularidad por seguridad en cada formulario que completamos. Nuestra identificación con mecanismos totalizantes nos convierte en cómplices inconscientes de la guerra invisible contra nosotros mismos. La subjetividad naufraga en mares de datos, estadísticas y categorías administrativas. Sin embargo, el rostro —ese exceso irreductible que escapa a toda catalogación— persiste como resistencia silenciosa. Cada mañana, millones despiertan atrapados entre sistemas que los clasifican y un infinito interno que ninguna clasificación puede contener. En esta tensión irresoluble radica nuestra condición: habitantes de imperios pacificados con guerras interiores inextinguibles. Referencias: Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI

 
 
 

Tu pantalla es un escudo contra el rostro que te mira. Cada filtro elimina la alteridad que podría convertirte en rehén infinito.

Rostros pixelados.

Cada selfie ejecuta un magnicidio silencioso: asesina el rostro del Otro antes de que pueda interpelarnos. Las redes sociales perfeccionan la alquimia levinasiana transformando la alteridad radical en contenido digerible para nuestro narcisismo algorítmico. El rostro, esa epifanía ética que debería paralizarnos con su vulnerabilidad infinita, se convierte en imagen procesada, filtrada, editada hasta eliminar toda huella de lo absolutamente Otro. Donde debería emerger la responsabilidad infinita, aparece el double tap automático.

La pantalla funciona como escudo contra el trauma del encuentro verdadero. Mediamos cada proximidad para evitar ser tomados como rehenes por la mirada ajena. Instagram stories reemplazan historias reales; los filtros protegen contra rostros sin maquillaje ontológico. Esta distancia tecnológica nos libera de la angustia ética pero nos condena a relacionarnos únicamente con versiones domesticadas de la alteridad, con Otros que ya han sido neutralizados por el algoritmo.

Habitamos la paradoja digital: hiperconectados pero éticamente desconectados. Acumulamos seguidores mientras perdemos la capacidad de seguir realmente a alguien. Cada notification alimenta la ilusión de vínculo mientras confirma nuestra inmunidad ante la interpelación del rostro. Creemos conocer a otros cuando solo consumimos sus representaciones, prisioneros voluntarios de una sociabilidad que elimina sistemáticamente toda posibilidad de alteridad genuina.


Referencias: Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI

 
 
 
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