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La responsabilidad es visceral, de entrañas. El sujeto tiene estructura maternal: llevar al otro dentro, nutrirlo con la propia sustancia.


La maternidad del sujeto.

La responsabilidad por el otro no es deber abstracto; es corporal, visceral, de entrañas. La palabra hebrea para misericordia —rajamim— viene de réjem, útero. La compasión es conmoción de las entrañas, sensibilidad maternal que carga al otro en el propio cuerpo. El sujeto ético tiene estructura maternal.

Esto no significa que todos sean madres, sino que la subjetividad tiene esta forma: llevar al otro dentro, nutrirlo con la propia sustancia, sufrir en carne propia su sufrimiento. La relación con el otro no es contemplación ni siquiera diálogo; es gestación. El otro habita en mí antes de estar frente a mí.

Quien ha sentido el dolor ajeno en el propio cuerpo —el estómago que se cierra, el pecho que se aprieta— conoce esta maternidad. No es metáfora; es la estructura de la sensibilidad. El sujeto es maternal no por elección sino por constitución. Llevamos a los otros en las entrañas, queramos o no. Referencias: Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI

 
 
 

La verdadera paciencia renuncia a ver el resultado. No para mí, no para ahora: para otros, para después. Eso es dar de verdad.



La paciencia infinita.


La obra verdadera exige paciencia: no solo esperar sino renunciar a ver el resultado. Actuar para un tiempo que no veré, trabajar para otros que no conoceré, dar sin esperar retorno porque no estaré para recibirlo. Esta paciencia no es resignación; es la estructura misma del sentido.


La impaciencia quiere resultados ahora, quiere ser contemporánea de su triunfo. Pero esa contemporaneidad convierte la obra en cálculo, la generosidad en inversión. La verdadera paciencia acepta no ser contemporánea de lo que engendra. Moisés murió sin entrar a la tierra prometida; su obra lo excedía.


Todos practicamos esta paciencia sin llamarla así: cuando educamos sin saber qué será del otro, cuando plantamos sin esperar la sombra, cuando construimos lo que otros habitarán. La paciencia es la forma temporal de la responsabilidad. No para mí, no para ahora: para otros, para después. Eso es dar de verdad.


Referencias:


Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI

 
 
 

La metadona es droga estatal para adictos: solución química a problema químico. El sujeto sigue ausente, ahora con receta.


Apagar fuego con gasolina.

La metadona es la solución farmacológica al problema farmacológico: una droga para tratar la adicción a otra droga. La lógica es impecable en su circularidad: si el problema es químico, la respuesta debe ser química. El sujeto desaparece dos veces: primero en la heroína, después en su sustituto legal.


Esta estrategia revela algo de nuestra época: preferimos administrar el síntoma antes que interrogarlo. La metadona no cura; gestiona. Mantiene al adicto funcional sin preguntarle qué buscaba en la sustancia. Es el control de daños elevado a política sanitaria. El Estado se convierte en dealer autorizado, dispensando un goce regulado para evitar el goce desregulado.


La clínica contemporánea enfrenta sujetos medicados que nunca hablaron de su adicción. Llegaron a un mostrador, no a un consultorio. La pregunta por el deseo quedó suspendida indefinidamente por la eficacia del sustituto.

References Loose, R. (2011). Modern symptoms and their effects as forms of administration. En Y. Goldman Baldwin, K. Malone & T. Svolos (Eds.), Lacan and Addiction: An Anthology (pp. 1-38). Karnac Books.

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