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Actualizado: 19 sept



Casi nadie asocia el diván con la barricada. Y sin embargo el psicoanálisis, lejos de ser un lujo burgués para resolver crisis privadas, puede convertirse en una herramienta para los movimientos de liberación. Parker y Pavón-Cuéllar (2021) lo plantean sin rodeos: reconstruido como "psicología crítica", el psicoanálisis puede ayudarnos a comprender —y transformar— las condiciones de una existencia oprimida, en lugar de simplemente ayudarnos a tolerarla.


La psicología convencional, la psiquiatría y buena parte de la psicoterapia funcionan como calmantes: individualizan el malestar y entrenan al sujeto para adaptarse mejor a lo que lo enferma. El psicoanálisis radical hace justo lo contrario. Escucha el síntoma no como una avería a reparar, sino como una voz que insiste en decir algo que la sociedad prefiere no oír. Cada síntoma es, en ese sentido, un fragmento de historia y de conflicto político condensado en un cuerpo, esperando traducción.


El inconsciente tampoco es ese sótano oscuro donde guardamos traumas privados. Es, más bien, el lugar donde lo íntimo y lo colectivo resultan indistinguibles: una trama simbólica que nos amarra a los otros antes de que podamos elegirlo. Pensar el inconsciente como territorio político —y no como propiedad privada del yo— permite ver cómo el capitalismo, el patriarcado, el colonialismo y el racismo no solo actúan "afuera", sino que se alojan en la manera en que hablamos, deseamos y nos reconocemos a nosotros mismos.


Ahí aparece algo incómodo: repetimos. Repetimos derrotas, vínculos que dañan, historias que juramos no volver a vivir. La repetición, ese mecanismo que Freud describió en la clínica, es también el mecanismo de los movimientos de liberación cuando tropiezan una y otra vez con los mismos callejones sin salida. Pero el psicoanálisis ofrece un matiz decisivo: repetir no es un destino cerrado. En cada repetición cabe una diferencia mínima, una grieta por donde puede colarse otra cosa. Fallar mejor, dirían los autores, ya es una forma de libertad.


Algo similar ocurre con la pulsión, esa fuerza que no nace del cuerpo ni de la cultura por separado, sino del roce entre ambos. El capitalismo sabe canalizarla con eficacia: la convierte en consumo, en competencia, en acumulación sin fin, es decir, en pulsión de muerte disfrazada de progreso. Reconocer ese secuestro es el primer paso para reorientar el deseo —nunca del todo domesticado— hacia vínculos que no exploten ni desechen al otro.


La transferencia, por su parte, desnuda algo que otras disciplinas "psi" prefieren disimular: que toda relación de ayuda es también una relación de poder. Donde la psicoterapia convencional refuerza esa jerarquía bajo el disfraz del cuidado, el psicoanálisis radical la vuelve visible y, con eso, cuestionable. Ahí el sujeto puede pasar de obedecer al poder a interrogarlo —ese gesto que los autores llaman histerización, la posición de quien pregunta lo que nadie más se atreve a preguntar.


Ninguna de estas ideas se "aplica" desde el psicoanálisis hacia la política, como si una fuera la teoría y la otra su campo de pruebas. Lo que Parker y Pavón-Cuéllar proponen es más radical: reconocer que la subjetividad ya es política y que la política ya es subjetiva. El horizonte compartido es un mundo donde la asociación libre —la del diván y la de la asamblea— deje de ser una excepción y donde cada sujeto pueda sostener su singularidad sin pagarla con sumisión.


Frente a las falsas promesas de adaptación que venden las profesiones psi, el psicoanálisis radical no promete curar el malestar dentro del sistema que lo produce: propone transformar ese sistema. Su ambición final, dicen los autores, no es perpetuarse como disciplina, sino volverse innecesario en un mundo distinto —uno donde la liberación colectiva permita formas de vida no alienadas, y donde el desarrollo libre de cada quien sea, por fin, condición del desarrollo libre de todos.

Referencias


Parker, I., y Pavón-Cuéllar, D. (2021). Psicoanálisis y revolución: Psicología crítica para movimientos de liberación. Pólvora Editorial.

 
 
 

Actualizado: 19 sept

"El colonialismo muestra hoy un rostro inédito: no domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos" [León XIV, 2026, n. 178].

Compartir datos es progreso. Entregamos información sanitaria, genética, demográfica, en nombre de la investigación y la ayuda, convencidos de que ese conocimiento común beneficiará a todos. Dar los propios datos parece un gesto solidario, casi cívico.


Pero el dominio cambió de forma sin cambiar de lógica. El nuevo colonialismo no ocupa cuerpos: extrae datos. Territorios frágiles son atravesados por una minería invisible —perfiles genéticos, mapas epidemiológicos, flujos vitales—, y quien acumula esa información gana una palanca sobre el futuro: decide a quién destinar remedios, inversiones, protección. La ayuda puede ser el nombre amable del despojo. Lo que se recibía como servicio ocultaba una conquista sin cadenas.


Así, el saber revela su ambivalencia: puede liberar o someter según quién lo posea. La vida contemporánea confunde acceso con propiedad, transparencia con entrega. Conocer al otro nunca es neutral; es también poder anticiparlo, moldearlo, gobernarlo. Toda información sobre alguien es, en potencia, poder sobre alguien: la era digital repite, bajo otra piel, la vieja historia del dominio.


Síntesis


El capítulo denuncia un colonialismo inédito que no domina cuerpos sino que extrae datos: perfiles genéticos, sanitarios y demográficos recogidos, a menudo, bajo pretexto de ayuda. Quien los posee obtiene una palanca estructural sobre el futuro de pueblos enteros. La tarea es transformar el conocimiento compartido en bien común, devolviendo a los pueblos no solo sus datos, sino la decisión sobre su uso.


Reflexión


¿Cuándo he confundido dar acceso a mi información con un gesto neutro, sin advertir que todo conocimiento sobre mí es, en potencia, poder sobre mí?


¿Qué diferencia real existe entre la ayuda que libera y la extracción que domina, cuando ambas se presentan con el mismo lenguaje amable de la innovación?


¿Por qué conocer al otro nunca es inocente, y cómo cambia mi mirada sobre el progreso al reconocer que informar y gobernar comparten una misma raíz?


Lectura


León XIV. (2026). Magnifica humanitas: Carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Libreria Editrice Vaticana.

 
 
 
18 sept
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Actualizado: 19 sept



"Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta" [León XIV, 2026, n. 140].

Buscar respuestas es signo de inteligencia. Preguntamos y algo responde al instante, limpio, ordenado, disponible, y agradecemos que el saber se haya vuelto tan accesible. Nunca antes fue tan fácil llegar a lo que ignorábamos.

Pero la respuesta inmediata tiene un precio silencioso. Cuando la solución precede a la búsqueda, el deseo de saber no llega a nacer; la pregunta se apaga antes de arder. Platón sabía que las cosas hondas se aprenden frotando los conceptos como pedernal, hasta que salta la chispa de la comprensión. Sin esa fricción lenta no hay chispa, sino comodidad. La mente que nunca espera pierde la capacidad de asombro, y con ella la de contemplar. Lo que ganamos en velocidad lo perdemos en profundidad.

Aprender a prescindir de la máquina no es rechazar el don, sino guardar el hambre que lo hace fecundo. La atención, entrenada en el silencio y la espera, es la forma cotidiana de la adoración. La vida espiritual se juega hoy en la custodia de esa mirada que aún sabe demorarse.

Síntesis

La higiene de la atención y el educar para prescindir de la IA. En el capítulo cuarto (n. 140, 146), León XIV sostiene que educar en la IA implica decidir cuándo no usarla, y que sin silencio ni estudio reflexivo la libertad interior se compromete. Aquí ese principio pedagógico se lee como custodia espiritual del asombro.

Reflexión

¿En qué momentos he entregado a la máquina preguntas que merecían mi demora, y qué asombro se apagó en mí antes de haber tenido siquiera la ocasión de nacer?

¿Cómo distingo, en mi vida cotidiana, entre la búsqueda que me hace crecer y la respuesta rápida que solo me deja la ilusión cómoda de haber comprendido algo?

¿Qué formas concretas de silencio y espera podría recuperar para que mi atención vuelva a ser el suelo donde germinan la contemplación y el encuentro con lo hondo?

Lectura

León XIV. (2026). Magnifica humanitas: Carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Libreria Editrice Vaticana.

 
 
 
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