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No se es adicto a la droga. Se es adicto a algo que solo uno encuentra ahí. Eso no sale en ningún análisis de sangre.



Lo que solo uno encuentra ahí.


Nadie es adicto a una droga. Somos adictos a un efecto que solo nosotros sacamos de esa droga. Dos personas consumen lo mismo y una queda enganchada, la otra no. La diferencia no está en la sustancia sino en quien la recibe. Hay algo en la historia de cada quien que determina qué va a hacer esa molécula cuando entre en el cuerpo.


Esto complica las cosas para quienes quieren resolver todo estudiando la química. Analizar la droga sin escuchar al que la consume es como estudiar el veneno sin mirar al envenenado. El laboratorio puede decir qué hace la heroína en general, pero no puede decir qué hace en cada persona. Eso solo se sabe hablando.


Por eso el adicto es el único que puede contar la verdad sobre su enganche. La ciencia necesita que alguien hable para decir algo que no sea puro número. El efecto singular no aparece en ninguna estadística.


Read:


Loose, R. (2011). Modern symptoms and their effects as forms of administration. En Y. Goldman Baldwin, K. Malone & T. Svolos (Eds.), Lacan and Addiction: An Anthology (pp. 1-38). Karnac Books.


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El cuerpo se armó en un baile con otro. Las fallas de ese ritmo quedaron grabadas. La droga intenta tapar los huecos.



El baile que nos armó.


Antes de cualquier palabra hay un ritmo entre madre y bebé que arma el cuerpo. Sonidos, silencios, miradas, pausas: una conversación sin palabras que organiza la carne en algo habitable. Las fallas de ese baile —los huecos, los excesos, las ausencias— quedan grabadas para siempre. Lo que la droga hace en el cuerpo tiene que ver con ese ritmo original.


El lenguaje nace del ritmo compartido. Lo que importa clínicamente son las fallas: los silencios donde tenía que haber voz, las invasiones donde tenía que haber pausa. El adicto busca en la sustancia algo que regule un cuerpo mal armado por ritmos fallidos. La droga ofrece una regularidad mecánica que el otro materno no dio.


La escucha analítica busca esas irregularidades antiguas. En los tropiezos al hablar, en las repeticiones, en los silencios raros, resuenan los ritmos viejos que hicieron de ese cuerpo lo que es.


Referencias:


Loose, R. (2011). Modern symptoms and their effects as forms of administration. En Y. Goldman Baldwin, K. Malone & T. Svolos (Eds.), Lacan and Addiction: An Anthology (pp. 1-38). Karnac Books.

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La abundancia sexual mata el deseo. No extrañamos la represión; extrañamos el misterio que hacía desear.



El erotismo perdido.


El sexo disponible mató al erotismo. Cuando todo es accesible, nada es deseable. La lógica del delivery se aplicó a los cuerpos: elige, pide, consume, puntúa, descarta. El otro se volvió producto con reseñas. El match reemplazó al encuentro; el algoritmo reemplazó al destino.


El deseo necesita obstáculo para existir. Sin velo no hay misterio; sin misterio no hay deseo. La transparencia total produce cuerpos accesibles pero no deseables. El menú infinito paraliza más que libera. Demasiada elección genera la misma angustia que ninguna elección. La abundancia mata el apetito.


El analizante contemporáneo llega aburrido en medio de la mayor oferta sexual de la historia. No le falta acceso; le falta deseo. No le faltan cuerpos; le falta el otro. El trabajo analítico consiste en reintroducir la falta que el sistema prometió eliminar.


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