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La grandiosidad no es amarse demasiado. Es anestesia contra el terror de haberse sentido pequeño.



Ser pequeño duele.


Necesitar es confesarse incompleto. Depender de otro para sobrevivir nos confronta con una vulnerabilidad que preferimos olvidar. Algunos construyen vidas enteras evitando volver a sentirse así de pequeños, así de expuestos, así de a merced del otro.


La grandiosidad no es amor propio excesivo sino anestesia para la herida de la impotencia. Si no puedo ser poderoso, fingiré serlo. Si no puedo competir, despreciaré la competencia. La autosuficiencia exagerada esconde terror a la dependencia. Necesitar equivale a ser inferior; pedir es humillarse.


El trabajo clínico confronta esta defensa en el espacio mismo de la sesión. Acostarse, hablar, esperar respuesta: la situación analítica replica la vulnerabilidad temida. Por eso genera tanta resistencia. Pero también por eso cura: permite experimentar dependencia sin catástrofe.

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El analista omnipotente confirma la fantasía. El analista limitado ofrece algo real: encuentro entre humanos.



Cuando el analista también es impotente.


El paciente llega buscando alguien que pueda con todo lo que él no puede. Necesita creer en un objeto omnipotente que resuelva, contenga, salve. Descubrir que el analista también tiene límites puede experimentarse como traición, como repetición del desamparo original.


La desilusión es inevitable y necesaria. Un analista que mantiene la ilusión de omnipotencia confirma la fantasía de que alguien debería poder con todo. Cuando acepta sus límites, ofrece algo más valioso: la posibilidad de que dos seres limitados construyan algo juntos.


El trabajo clínico con la impotencia compartida es delicado. No se trata de confesar debilidades ni de frustrar sádicamente. Es permitir que el paciente descubra que la ayuda real no viene de un salvador todopoderoso sino de un encuentro entre dos vulnerabilidades que se reconocen.


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Tu feed está curado para confirmar lo que ya creías. Tu mente hace lo mismo con el extranjero—mucho antes de internet.

El algoritmo interior.

Las redes sociales no inventaron la cámara de eco—solo digitalizaron algo que siempre existió en la mente. Mucho antes de que el algoritmo nos mostrara solo lo que queremos ver, ya filtrábamos la realidad para confirmar nuestros prejuicios. El feed de noticias simplemente replica un mecanismo psíquico antiguo: ver en el otro únicamente lo que depositamos en él.

Hoy compartimos indignación contra el racismo mientras nuestro cuerpo cruza la calle cuando alguien "sospechoso" se acerca. Firmamos peticiones por los derechos de los migrantes y simultáneamente sentimos alivio cuando el vuelo no viene lleno de "cierto tipo de gente". La contradicción no es hipocresía consciente—es el choque entre lo que creemos pensar y lo que realmente opera en automático. El like no desmantela el prejuicio; a veces solo lo disfraza de virtud.

El desafío actual no es tener las opiniones correctas en público sino examinar las reacciones que ocurren antes de que podamos editarlas. El racismo interno no se cura con hashtags—se transforma con honestidad incómoda sobre lo que sentimos cuando nadie nos ve.

Referencia:

Davids, M. F. (2021). Ethnic purity, otherness and anxiety: The model of internal racism. En K. White & I. Klingenberg (Eds.), Migration and intercultural psychoanalysis: Unconscious forces and clinical issues (pp. 11–29). Routledge.


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