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Mentimos para decir verdades que no sabemos. El análisis no corrige la historia: la hace habitable.



Ficción verdadera.


Somos animales que enferman de relato. No podemos existir sin tejer historias sobre quiénes fuimos, quiénes somos, quiénes seremos. Esta compulsión narrativa —tan humana como respirar— esconde una trampa: creemos que contamos lo que vivimos, cuando en realidad vivimos lo que contamos. El sujeto no precede a su historia; emerge de ella. Cada palabra que pronunciamos sobre nosotros mismos nos inventa un poco más, nos fija en una versión que tomamos por destino.


La paradoja del análisis reside en que la cura no consiste en alcanzar la verdad, sino en atravesar las ficciones. Freud descubrió que el paciente miente —omite, disfraza, embellece— y que precisamente en esas mentiras habita lo más auténtico. El lapsus delata, el olvido confiesa, la exageración señala. Lo falso funciona como vehículo de lo verdadero; la máscara revela más que el rostro desnudo.


La clínica contemporánea trabaja en ese territorio donde ficción y verdad se confunden productivamente. El analista no busca corregir el relato ni verificar los hechos: escucha las grietas, los énfasis sospechosos, los silencios elocuentes. No se trata de reconstruir lo que realmente pasó, sino de descubrir qué historia necesitamos abandonar para poder, finalmente, vivir otra.


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Cuando el dolor es insoportable, la palabra se congela. La cura consiste en devolverle temperatura al relato hasta que algo tiemble.



La anestesia del relato.


El consultorio recibe narrativas congeladas. Historias de violencia contadas con la misma entonación con la que se describe el clima, catálogos de abusos pronunciados sin temblor en la voz. No es frialdad ni indiferencia: es el precio que el psiquismo cobra por mantener al sujeto funcionando. Cuando el dolor supera cierto umbral, la palabra se separa del cuerpo para volverse pura información. Un mecanismo de defensa tan sofisticado como brutal.


Lo que se narra sin afecto no desaparece: queda atrapado en una zona intermedia donde las palabras existen pero no significan realmente. Freud llamó a esto represión, Lacan lo pensó como forclusión del afecto. El trauma habla pero no se siente hablando. Se produce entonces una escisión: el relato avanza mientras la emoción permanece sepultada, intacta, esperando el momento en que pueda finalmente emerger sin destruir al sujeto.


La dirección de la cura apunta precisamente a ese reencuentro. No mediante catarsis forzadas ni dramatizaciones terapéuticas, sino a través de un trabajo minucioso donde el afecto exiliado retorna gradualmente al lenguaje. Cuando el analizante puede finalmente temblar al narrar, cuando la voz se quiebra en el lugar exacto donde antes solo había vacío, algo del orden de la elaboración empieza a acontecer.


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Regatean los honorarios del análisis pero pagan sin dudar lo que los mantiene enfermos. El precio incomoda cuando apunta a la verdad.



El precio de la verdad.


Regatean los honorarios del analista con vehemencia casi militante, pero pagan sin chistar la próxima dosis que los destruirá lentamente. Invierten fortunas en masterclasses que prometen transformaciones instantáneas, en coaches que venden certezas prefabricadas, en terapias exprés que garantizan felicidad sin dolor. La paradoja no podría ser más brutal: el sujeto contemporáneo está dispuesto a financiar generosamente aquello que lo mantiene enfermo, pero discute cada peso que podría acercarlo a su propia verdad.


Esta lógica revela algo perturbador sobre el valor asignado al trabajo analítico. Lo que se regatea no es dinero sino implicación: pagar por el análisis es reconocer que algo debe cambiar, que la comodidad actual tiene un costo diferido. El regateo funciona como resistencia disfrazada de pragmatismo económico. Porque es más barato seguir pagando por anestesias que enfrentar el dolor de despertar.


Los honorarios del analista no son solo una transacción comercial sino un posicionamiento ético: el análisis tiene valor porque exige trabajo, tiempo, compromiso. No vende ilusiones ni promesas de sanación mágica. El precio incomoda porque hace visible lo que el sujeto preferiría negar: que su sufrimiento le resulta paradójicamente rentable.


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