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La neutralidad del analista no es frialdad sino precisión: sostener el dolor ajeno sin invadirlo con nuestras propias respuestas.


Neutralidad es responsabilidad.

La neutralidad mal entendida es el mejor refugio para la cobardía clínica. Confundir abstinencia con desinterés es transformar el consultorio en una morgue emocional donde el analista observa sin implicarse, escucha sin resonar. La verdadera neutralidad no es indiferencia: es la capacidad de sostener el dolor del otro sin colonizarlo con nuestras propias urgencias.

El compromiso analítico habita una paradoja: tomar posición sin imponer, sostener sin rescatar. Freud no inventó la neutralidad para crear estatuas de mármol, sino para despejar el campo transferencial de nuestros propios fantasmas. Pero neutralidad no significa sordera. El analista que no se conmueve ante el sufrimiento tampoco podrá reconocer cuándo algo del orden del deseo está emergiendo.

El analizante no busca un espejo mudo sino un testigo implicado. La ética del análisis exige disponibilidad afectiva: estar ahí, presente, sin fundirse con el otro pero sin abandonarlo a su soledad. Porque el psicoanálisis no cura desde la distancia aséptica, sino desde ese delicado equilibrio entre la proximidad y la alteridad.


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La felicidad sin fricción es el cementerio del deseo. Necesitamos la brecha entre lo que somos y lo que anhelamos. Ahí late la vida.



La brecha necesaria.


Vivimos persiguiendo el ajuste perfecto: que lo real coincida con lo deseado. Pero esa coincidencia, de lograrse, sería nuestra muerte psíquica. La tensión entre aspiración y realidad no es un defecto a corregir sino el oxígeno del pensamiento. Sin brecha no hay pregunta. Sin pregunta no hay sujeto.


El deseo funciona como el hambre que nunca se sacia definitivamente. Comemos y volvemos a tener hambre, pero el objeto del deseo es más escurridizo: cuando lo alcanzamos, descubrimos que queríamos otra cosa. Esta paradoja no señala fracaso sino estructura. Somos animales que transforman necesidad en deseo, instinto en pregunta. Esa transformación nos condena a la insatisfacción, pero también nos regala la capacidad de modificar lo dado.


La clínica contemporánea recibe sujetos anestesiados por haber eliminado toda fricción. Han optimizado la vida hasta volverla insípida. El síntoma ya no es el sufrimiento excesivo sino su ausencia: la vida sin tensión es muerte lenta.


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El neurótico no busca resolver sus obstáculos. Los colecciona. Cada "no puedo" esconde un "no quiero enfrentar lo que vendría después".



La libertad que se sabotea. El neurótico construye su prisión con los barrotes del "casi". Se queja de cadenas que él mismo forja, señalando obstáculos externos mientras evita mirarse al espejo. Su lamento es su refugio: "quiero, pero no me dejan". Esa frase esconde una confesión más honesta: "quiero, pero me aterroriza".

Lo extraordinario es que justo cuando la puerta se abre, aparece el guardián perfecto. Una pareja imposible, un jefe tiránico, una enfermedad oportuna. No es casualidad ni mala suerte. Es una arquitectura inconsciente que preserva lo conocido. Porque la libertad exige algo más aterrador que las cadenas: responsabilidad sobre el propio deseo.

La experiencia analítica revela que el neurótico no busca liberarse de sus obstáculos, busca perfeccionarlos. Cada queja alimenta un goce secreto: el de permanecer inocente frente a su propia vida. Prefiere la certeza de la frustración al vértigo de elegir.


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