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Nos enfermamos de exceso de nosotros mismos. Sin enemigos externos, el alma se declara la guerra.



El virus interior.


Las nuevas epidemias no necesitan hospedadores externos: nacen en el laboratorio de la conciencia contemporánea. La depresión, el TDAH y los trastornos límite revelan una patología inédita: la imposibilidad de habitar la propia existencia. Nos enfermamos de nosotros mismos porque hemos perdido la capacidad de ser extraños a nuestra propia identidad. El virus más letal es la mismidad compulsiva.


El paradigma inmunológico clásico presumía amenazas externas contra las cuales blindarse. Pero estas patologías revelan una paradoja perversa: cuando no hay enemigo exterior, el sistema inmunológico se vuelve contra sí mismo. La hiperidentidad produce autoinmunidad psíquica: rechazamos compulsivamente todo lo ajeno hasta rechazarnos definitivamente. Sin alteridad que procesar, la subjetividad colapsa por indigestión narcisista.


La condición humana contemporánea es fundamentalmente alérgica: somos intolerantes a la diferencia que nos constituye. Vivimos en la época de las subjetividades obesamente narcisistas, incapaces de metabolizar lo otro. El sufrimiento actual no nace de la represión sino de la expresión ilimitada de un yo que no encuentra límites externos donde reconocerse.


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El descanso productivo agota más que el trabajo. El psicoanálisis propone la pausa subversiva: detenerse sin justificación económica.




La pausa subversiva.


Nuestra época convirtió el descanso en combustible: dormimos para producir, vacacionamos para rendir mejor. El domingo existe para que el lunes sea tolerable. Esta lógica perversa transformó incluso el ocio en productividad diferida. Paradójicamente, mientras más descansamos "eficientemente", más agotados estamos.


El psicoanálisis propone algo radical: la pausa sin propósito productivo. No el descanso que restaura la máquina laboral, sino la suspensión que interroga el automatismo. “¿Para qué hago lo que hago?” desarma la cadena compulsiva del hacer sin pensar. Esa pregunta abre grietas en el discurso capitalista que nos habita.


La clínica contemporánea recibe sujetos exhaustos por rendir, no por vivir. El síntoma moderno no es ya la neurosis clásica, sino el vaciamiento del deseo bajo toneladas de eficiencia. Solo del pensamiento auténtico surge un propósito genuino. La pausa analítica es subversiva: detenerse para escuchar lo que el ruido productivo silencia.


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La revolución más silenciosa: encontrar alguien que escuche tu locura sin intentar curarla inmediatamente.


El oído que cura. La esperanza no llega empaquetada en promesas de curación, sino en la experiencia radical de ser escuchado sin condiciones. En una época donde cada dolor busca su pastilla y cada conflicto su solución instantánea, encontrar un oído que no juzga ni apresura constituye un acto revolucionario. La escucha analítica rechaza la tiranía del "ya supéralo" y sostiene que todo sufrimiento merece ser habitado, no eliminado.


El síntoma que molesta al paciente es precisamente lo que más necesita ser escuchado. Mientras la cultura contemporánea nos enseña a silenciar nuestras contradicciones, el psicoanálisis las invita a hablar. Lo que parece obstáculo se revela como camino: la resistencia contiene la clave, el tropiezo señala la dirección. El malestar no es enemigo a vencer sino mensaje cifrado esperando ser descifrado.


El analizante descubre algo perturbador: cuando alguien escucha verdaderamente, ya no puede fingir que sus conflictos son insignificantes. La escucha auténtica obliga al reconocimiento, y el reconocimiento es el primer paso hacia una transformación que nadie puede predecir ni controlar.


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