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La víctima eterna le entrega su libertad a quien la lastimó. El psicoanálisis abre el camino para recuperar la autoría de la propia historia.


Del victimismo a la agencia. La víctima perpetua se alimenta de su propia desgracia como un adicto a su droga. Encuentra en el relato del daño una identidad sólida, un lugar reconocible en el mundo. La queja se vuelve hogar, el sufrimiento una profesión. Pero este refugio en la victimización es también una prisión: mantiene al sujeto encadenado a quienes lo lastimaron, otorgándoles un poder eterno sobre su destino.


Sin embargo, quien más ama su herida es quien más teme curarla. La agencia implica soltar la cómoda certeza del "me hicieron" para asumir la incómoda responsabilidad del "yo hago". Abandonar el guión heredado significa escribir uno propio, con toda la angustia que conlleva la libertad. El paso de víctima a agente no es liberación: es asumir la carga de la propia existencia.


La experiencia analítica revela que narrarse con palabras propias no borra el daño, pero sí destrona a quienes lo infligieron. El analizante descubre que puede hacer algo nuevo con lo que le fue hecho, transformando el peso muerto del pasado en material vivo para construir un futuro propio.

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Confesamos la ceguera para poder ver: la verdad no se descubre, se produce confesando.



La confesión como acto fallido. Cixous describe su "postura de confesión" como efecto directo de la miopía. Confesar se vuelve necesario cuando no podemos verificar con la mirada lo que experimentamos. La confesión emerge del abismo entre certeza perceptiva y realidad psíquica.


Pero aquí opera una inversión crucial: confesar la falta de visión se convierte en el acto mismo que permite ver. La confesión no revela una verdad preexistente sino que produce la verdad que pretende describir. Confesamos para existir, no porque existamos.


El analizante llega al consultorio convencido de que debe confesar sus secretos para curarse. Descubre, en cambio, que el acto de confesar transforma retroactivamente el contenido de lo confesado. La verdad no está esperando ser descubierta; se fabrica en el acto mismo del decir. Referencia: Cixous, H., & Derrida, J. (2001). Velos. Siglo XXI.


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El velo no oculta el deseo: lo produce. Quitarlo mata aquello que promete revelar.

El velo como tecnología del deseo. Derrida nos confronta con una verdad incómoda: "tocar el velo es tocar todo". No hay neutralidad posible frente a lo que nos separa del objeto de deseo. Cada intento de develamiento contamina irreversiblemente nuestro campo simbólico, como quien mancha de sangre la escena del crimen que pretende investigar.


Existe una paradoja fundamental en todo acto interpretativo: el velo que queremos remover es precisamente lo que sostiene nuestro deseo de removerlo. Sin la promesa de un más allá velado, el deseo se extingue en la inmediatez de lo dado.


La clínica actual enfrenta pacientes obsesionados con la transparencia total, incapaces de tolerar la opacidad constitutiva del otro. Quieren ver "detrás" del síntoma, ignorando que el síntoma es la única verdad accesible del sujeto inconsciente. Referencia: Cixous, H., & Derrida, J. (2001). Velos Siglo XXI.

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