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La cura no te da respuestas. Te enseña a sostener tus preguntas sin derrumbarte buscando libretos ajenos que te salven.

Del libreto al enigma. La paradoja es cruel: venimos al análisis pidiendo respuestas y sólo encontramos cura cuando dejamos de pedirlas. El analizante arriba exigiendo un manual de instrucciones para la vida, un GPS emocional, certezas que lo blinden contra la angustia. Pero la demanda de herramientas es justamente lo que perpetúa su síntoma: un guion ajeno que repite sin cuestionarse.

El giro decisivo ocurre cuando "¿qué hago?" muta en "¿por qué repito esto?". Ahí, la demanda de saber-hacer cede ante la pregunta por el goce. Ya no busca instrucciones sino que interroga su propia participación en aquello que lo hace sufrir. La repetición revelada como respuesta inconsciente a un deseo del Otro—padre, madre, pareja—que moldeó su ser como objeto ajeno.

La clínica contemporánea atestigua este pasaje doloroso: del reclamo de certezas al sostén de la incertidumbre. El análisis no promete acabar con la repetición, sino develar el goce singular que la anima. Entonces el síntoma puede volverse sinthome: marca irreductible de una verdad propia, anclada en el cuerpo, liberada del Otro.

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La verdadera hospitalidad no ocurre cuando abrimos nuestra puerta al extraño, sino cuando permitimos que su extrañeza abra puertas desconocidas dentro de nosotros.



Cuando el otro nos habita.


La verdadera hospitalidad es un arte que va más allá de un mero acto de bienvenida; encarna una comprensión más profunda de la vulnerabilidad y de las complejidades que acompañan la presencia del extranjero. Como lo articula Derrida, la hospitalidad auténtica requiere una apertura hacia lo desconocido y un reconocimiento de las incertidumbres que surgen al encontrarse con alguien diferente a uno mismo (Derrida, 2000, p. 129). Nos desafía a confrontar nuestros prejuicios y el posible malestar que puede acompañar el acto de recibir a otro en nuestras vidas.


Por lo tanto, la hospitalidad no se trata únicamente de ofrecer un espacio o una comida; se trata de cultivar una relación que respete la individualidad y la identidad del extranjero. Esta hospitalidad nos invita a derribar barreras de familiaridad y normalidad, abrazando en cambio una humanidad compartida que reconoce las experiencias y perspectivas únicas del extranjero. Nos obliga a considerar cómo nuestras propias identidades se enriquecen a través de este compromiso con los demás.


En última instancia, la hospitalidad genuina transforma tanto al anfitrión como al invitado, al fomentar el diálogo y la comprensión. Este encuentro puede llevar al crecimiento personal y a una memoria cultural ampliada, enriqueciendo nuestro sentido de comunidad y conexión. Así, la verdadera hospitalidad no es solo una bienvenida, sino un acto profundo de compromiso que honra las complejidades de las relaciones humanas y las valiosas lecciones que estas encierran.


Referencias:


Derrida, J. (2000). Of hospitality. Stanford University Press.


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Nos enfermamos de exceso de nosotros mismos. La identidad absoluta es alergia: somos intolerantes a lo propio.



La patología de la identidad absoluta.


La enfermedad contemporánea no se contagia por contacto sino por aislamiento. El TDAH, la depresión y los trastornos límite emergen cuando el sujeto queda encerrado en la cámara de resonancia de su propia subjetividad. Nos enfermamos de exceso de nosotros mismos, de una identidad que se ha vuelto prisión domiciliaria.


El paradigma inmunológico presuponía enemigos externos que debían ser repelidos. Pero cuando la amenaza es la propia mismidad, el sistema inmunológico colapsa por desuso. Sin otredad contra la cual reaccionar, el organismo se ataca compulsivamente a sí mismo: la hiperidentidad produce autoinmunidad psíquica, el yo rechaza todo lo que no reconoce como familiar, hasta rechazarse definitivamente.


El malestar contemporáneo nace de la imposibilidad de ser sorprendido por uno mismo. Vivimos subjetividades clausuradas que han perdido la capacidad de alteridad genuina. La condición humana actual es fundamentalmente alérgica: somos intolerantes a nosotros mismos, incapaces de metabolizar la diferencia que nos constituye.


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