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El trabajo ya no sublima: reproduce. La oficina moderna es el nuevo diván donde se despliegan los síntomas del siglo XXI.

Del sentido al síntoma.

El trabajo prometía ser el escenario donde el sujeto se realizaría, donde la pulsión encontraría cauce civilizatorio. Hoy, las oficinas se han convertido en consultorios involuntarios donde cada empleado exhibe su propia galería de síntomas. La sublimación cedió terreno a la repetición compulsiva. Donde antes había creación, ahora hay automatización del malestar.

La paradoja es reveladora: mientras más se tecnifican los procesos laborales, más arcaicos se vuelven los sufrimientos psíquicos. El burnout no es sino la versión contemporánea de la melancolía, pero despojada de su dimensión poética. El trabajo alienado produce sujetos alienados de sí mismos, atrapados en la ilusión de productividad mientras se consumen internamente.

La clínica contemporánea recibe pacientes que hablan del trabajo como de una relación tóxica de la cual no pueden escapar. El síntoma laboral se ha vuelto el nuevo síntoma histérico: expresión de un malestar que no encuentra palabras, solo actos fallidos disfrazados de eficiencia.

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Drogamos la tristeza en lugar de cambiar las condiciones que la producen. Euforia química: confesión de vidas vacías.

Combustible festivo.

La euforia se industrializó. Donde antes había motivos reales para celebrar, ahora fabricamos químicamente los estados que las circunstancias niegan. Cocaína, éxtasis y estimulantes construyen artificialmente las emociones que deberían emerger de acontecimientos verdaderos: logros compartidos, encuentros amorosos, triunfos colectivos. Como actores que necesitan drogas para interpretar personajes felices, consumimos sustancias que simulan lo que nuestras vidas concretas no proporcionan.


Esta demanda eufórica revela la pobreza celebratoria contemporánea. Paradójicamente, cuantos más objetos de satisfacción acumulamos, menos motivos auténticos encontramos para la alegría genuina. El mercado vende directamente los estados emocionales desconectados de sus causas naturales, transformando sentimientos en mercancías. Las fiestas contemporáneas son laboratorios donde se experimenta con humores artificiales, confirmando precisamente la ausencia de aquello que merecería ser celebrado.


La clínica contemporánea recibe sujetos exhaustos de fingir celebraciones que nunca sintieron. Cada adicción a drogas festivas testimonia vidas que no generan motivos reales de gozo. El verdadero trabajo terapéutico no consiste en eliminar sustancias sino en interrogar qué condiciones existenciales requieren alteración química para ser soportadas.


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Actualizado: 19 ago 2025

El adicto busca certeza, no placer. Convierte la química en oráculo: "Si consumo, me calmaré". La paradoja: controlar produce descontrol total.



El refugio químico.


La incertidumbre humana es insoportable. Mientras esperamos respuestas que nunca llegan, construimos altares a la previsibilidad. El adicto no busca placer: busca certeza. En un mundo donde los otros responden según sus propios laberintos internos, la sustancia promete una ecuación simple: consumo igual a efecto. La paradoja es cruel: quien más necesita control se entrega al descontrol más absoluto.


El psicoanálisis revela que la adicción funciona como una relación objetal primitiva, donde la sustancia ocupa el lugar del objeto primordial que debería haber respondido de manera predecible. La dependencia química reproduce la fantasía infantil de omnipotencia: "Si hago X, obtendré Y". Sin embargo, esta ecuación falsa genera la paradoja más devastadora: el intento de controlar produce la pérdida total de control.


La clínica contemporánea encuentra sujetos que han reemplazado la angustia del encuentro con el otro por la falsa seguridad del ritual adictivo. El analista debe trabajar con esta soledad radical, ayudando al analizante a tolerar la impredecibilidad del deseo humano. La cura implica aceptar que los otros no son máquinas expendedoras de respuestas programadas.


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