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Actualizado: 21 jul 2025

El placer nunca habita el objeto sino el teatro que lo envuelve: madres que nutren versus madres que dramatizan la diferencia crucial.



El placer no está en la leche: Reflexión sobre la escena primordial.


La pregunta de Levin "¿el placer sensorio motor está en la leche o en la escena?" desmantela una ilusión fundamental de nuestra época. Creemos que el placer infantil reside en la satisfacción inmediata, en el objeto que calma, en la función que se cumple. Observamos al bebé succionando y pensamos: allí está la fuente del bienestar, en ese encuentro directo entre boca y pecho, entre necesidad y saciedad. Esta creencia sostiene toda una industria del desarrollo que busca optimizar funciones, estimular respuestas, perfeccionar los mecanismos del placer sensorial.


Pero aquí surge la paradoja: mientras más nos enfocamos en la leche, más se nos escapa el placer real. El niño que recibe la mejor nutrición puede quedar vacío; el que tiene acceso a todos los estímulos sensoriales puede permanecer hambriento. La escena se desvanece cuando la reducimos a sus componentes técnicos. El placer no es suma de estímulos sino drama que se despliega entre cuerpos que se miran, voces que acunan, gestos que interpretan cada movimiento como si fuera un mensaje dirigido especialmente a quien lo recibe.


El marco psicoanalítico nos enseña que el placer primordial es siempre escénico porque es fundamentalmente relacional. No existe placer en sí mismo, aislado de la trama de sentidos que lo envuelve. La madre que amamanta no solo ofrece leche; monta un teatro donde cada gesto del bebé es leído como intención, cada movimiento se transforma en diálogo. El placer surge de esa interpretación, de esa construcción de sentido que transforma el reflejo anónimo en gesto cargado de historia. Sin esta escenificación, la alimentación permanece en el registro de la función biológica, eficaz pero vacía.


El desarrollo psíquico del niño depende crucialmente de esta teatralización primordial. Cuando el Otro materno inviste libidinalmente cada acto del bebé, cuando lo mira con fascinación y le habla como si comprendiera sus intenciones, está construyendo el escenario donde nacerá el sujeto. La escena no es decorado del placer; es su condición de posibilidad. Por eso un niño puede tener todas sus necesidades cubiertas y aún así mostrar signos de sufrimiento psíquico: recibió la leche pero no accedió a la escena que la vuelve significante. El placer sensorio-motor se inscribe como huella psíquica solo cuando se articula a una representación, cuando se anuda al campo del deseo del Otro.


La clínica actual nos confronta cada vez más con niños que recibieron funciones perfectas pero escenas empobrecidas. Padres que optimizan la nutrición, la estimulación, el desarrollo motor,

pero que no logran sostener el teatro donde el niño puede reconocerse como sujeto deseante. La experiencia analítica revela que estos pequeños buscan desesperadamente una escena donde inscribir su placer, donde sus actos adquieran la dignidad de gestos dirigidos a un Otro que los reciba como mensajes de un sujeto en construcción.


Referencias


Levin, E. (2008). La imagen corporal sin cuerpo: angustia, motricidad e infancia. Revista Intercontinental de Psicología y Educación, 10(1), 91-112. Universidad Intercontinental.


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Actualizado: 21 jul 2025

Los algoritmos que predicen todo exterminan la única inteligencia que importa: la capacidad de sorprenderse a sí mismo.



La Motuta digital: Cuando los algoritmos reemplazan la invención infantil.


Los niños ya no inventan palabras. Sus tablets y smartphones, equipados con correctores automáticos y predictores de texto, eliminan cada "motuta" antes de que pueda nacer. Cada neologismo infantil es instantáneamente subrayado en rojo, marcado como error, corregido hacia la normalidad lingüística. La máquina no tolera la invención; solo acepta el código preestablecido. Donde antes florecían universos semánticos únicos, ahora se despliegan menús de opciones calculadas por algoritmos que conocen todo excepto el deseo singular del niño.


Aquí surge una paradoja devastadora: mientras más "inteligentes" se vuelven nuestros dispositivos, más tontos se vuelven nuestros niños. Los algoritmos de recomendación, diseñados para anticipar cada necesidad, están exterminando sistemáticamente la capacidad de sorpresa. Un niño que busca "dinosaurio" recibe exactamente lo que el algoritmo predice que quiere ver, no lo que su fantasía podría crear. La eficiencia digital mata la ineficiencia creativa que caracteriza al pensamiento infantil.


El marco psicoanalítico nos enseña que la invención lingüística infantil cumple una función estructurante fundamental: permite al niño crear un espacio simbólico propio, irreductible al lenguaje del Otro. La "motuta" de Juan no era simplemente una palabra; era la marca de su singularidad, el testimonio de que un sujeto único habitaba ese cuerpo. Cuando un niño crea una palabra, está ejerciendo el poder originario del lenguaje: nombrar lo que aún no existe, dar forma simbólica a lo que escapa a las categorías establecidas.


Los algoritmos contemporáneos operan en dirección exactamente opuesta: reducen la infinita creatividad del lenguaje a patrones predictibles de consumo. Netflix "sabe" qué quiere ver el niño; Spotify "conoce" qué música le gustará; YouTube "predice" qué video mantendrá su atención. Esta omnisciencia artificial está creando una generación de sujetos que consumen creatividad en lugar de producirla. El niño aprende que no necesita inventar porque la máquina ya inventó por él, mejor y más rápido.


La clínica actual revela niños que han perdido la capacidad de sorprenderse a sí mismos. Llegan a consulta diciendo exactamente lo que el algoritmo predijo que dirían, sintiendo lo que estaba programado que sintieran. Su sufrimiento mismo parece seguir scripts preestablecidos. Cuando un niño logra crear algo verdaderamente impredecible, algo que ningún algoritmo podría haber anticipado, recupera momentáneamente la dignidad de sujeto deseante que los dispositivos inteligentes le habían confiscado.


Referencias


Levin, E. (2008). La imagen corporal sin cuerpo: angustia, motricidad e infancia. Revista Intercontinental de Psicología y Educación, 10(1), 91-112. Universidad Intercontinental.


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Padres desconectados de su cuerpo intentan criar niños integrados: la paradoja imposible de nuestra época digital.



El espejo fracturado: Padres que también perdieron su imagen corporal.


Los padres de hoy no pueden ofrecer lo que nunca recibieron. Criados durante la primera revolución digital, llegaron a la adultez con sus propias imágenes corporales fracturadas, dependientes de likes y validaciones virtuales para confirmar su existencia. Cuando cargan a sus bebés, lo hacen con manos que saben más de pantallas táctiles que de piel humana. Sus miradas, entrenadas para escanear notificaciones, luchan por sostener el tiempo lento que requiere la construcción de una escena primordial. El espejo que el bebé necesita encuentra está empañado por la propia desconexión corporal del adulto.


La paradoja es demoledora: una generación que busca desesperadamente recuperar su presencia corporal a través del mindfulness y el yoga debe, simultáneamente, transmitir a sus hijos una integración psicosomática que ellos mismos no poseen. Padres que miden sus pasos con aplicaciones, que fotografían su comida antes de saborearla, que documentan cada momento en lugar de vivirlo, intentan crear para sus bebés experiencias de presencia auténtica. Es como pretender enseñar un idioma que uno mismo habla con acento extranjero.


El marco psicoanalítico nos revela que la constitución subjetiva requiere un Otro que pueda sostener una experiencia corporal integrada. El bebé no construye su imagen corporal mirándose al espejo; la construye siendo mirado por alguien que habita su propio cuerpo con placer y naturalidad. Cuando el adulto que sostiene al niño está a su vez desconectado de su experiencia sensorial, fragmentado entre su presencia física y su atención digital, no puede ofrecer el espejo estable que el psiquismo infantil necesita.


Esta transmisión de la fragmentación opera de manera sutil pero sistemática. El padre que responde mensajes mientras amamanta no solo se distrae; está enseñando que la experiencia corporal es siempre secundaria a la comunicación virtual. La madre que fotografía cada gesto del bebé para compartirlo en redes sociales está convirtiendo la escena primordial en espectáculo para consumo de otros, vaciándola de su función estructurante. El acto más íntimo se vuelve performance, y el niño aprende que existe para ser visto por una audiencia invisible.


La clínica actual nos confronta con adultos que buscan terapia para "reconectarse con su cuerpo" al mismo tiempo que crían niños a quienes deberían transmitir esa conexión. Padres que no saben si tienen hambre porque han tercerizado esa información a aplicaciones, que no reconocen sus emociones sin emojis que las traduzcan. El analista se encuentra trabajando simultáneamente con el síntoma del niño y la fragmentación del adulto que debería sostenerlo, descubriendo que ambos habitan el mismo espejo roto.


Referencias


Levin, E. (2008). La imagen corporal sin cuerpo: angustia, motricidad e infancia. Revista Intercontinental de Psicología y Educación, 10(1), 91-112. Universidad Intercontinental.


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