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Generación contactless.

  • Foto del escritor: Psicotepec
    Psicotepec
  • 20 jul
  • 2 Min. de lectura

Manos que dominan pantallas táctiles no logran atar cordones: la paradoja de una generación contactless.


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El cuerpo que no se toca: Generación contactless.


Una generación entera está aprendiendo a vivir sin tocar. Los niños de hoy navegan el mundo a través de superficies lisas que responden al roce más sutil, pero han perdido el contacto con texturas rugosas, temperaturas variables, resistencias reales. Sus dedos conocen la sensibilidad exacta requerida para activar una pantalla táctil, pero desconocen la fuerza necesaria para trepar un árbol o la delicadeza para acariciar un animal. El tacto se ha digitalizado: preciso para lo virtual, torpe para lo real.


Aquí emerge la paradoja central de nuestra época: mientras más conectados digitalmente están los niños, más desconectados corporalmente se vuelven. Pueden tocar simultáneamente con amigos de otros continentes pero no logran sostener el contacto físico con quienes tienen al lado. El abrazo les resulta extraño, la cercanía corporal los inquieta, el contacto piel a piel los sobrestimula. Han desarrollado una hipersensibilidad táctil para lo digital y una hiposensibilidad para lo humano.


El marco psicoanalítico nos enseña que el tacto es el sentido fundante de la experiencia corporal. A través del contacto epidérmico el bebé construye los límites de su cuerpo, aprende dónde termina él y comienza el mundo. La piel es el primer territorio donde se inscribe la diferencia entre el yo y el otro, el espacio donde el placer y el displacer adquieren coordenadas precisas. Sin experiencias táctiles ricas y variadas, el esquema corporal permanece difuso, incierto.


La cultura contactless está produciendo cuerpos que no saben habitarse. Niños que pueden manipular objetos virtuales con destreza asombrosa pero que luchan para usar cubiertos, atar cordones o abrocharse botones. Sus manos han perdido la memoria ancestral del trabajo, del juego manual, de la resistencia que ofrece la materia real. El tacto se ha empobrecido hasta volverse binario: hay contacto o no lo hay, funciona o no funciona, como si el mundo fuera una gran pantalla táctil.


La clínica actual revela niños con cuerpos anestesiados que buscan sensaciones cada vez más intensas para sentirse vivos. El analista descubre que estos pequeños han perdido la capacidad de registrar matices táctiles, de disfrutar contactos sutiles, de calmarse a través del tacto. Necesitan recuperar la educación sensorial que la digitalización les confiscó: aprender nuevamente que el cuerpo es un territorio de infinitas sensaciones posibles, no una herramienta optimizada para activar dispositivos.


Referencias


Levin, E. (2008). La imagen corporal sin cuerpo: angustia, motricidad e infancia. Revista Intercontinental de Psicología y Educación, 10(1), 91-112. Universidad Intercontinental.



 
 
 

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