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Declararte antirracista no desmantela tu racismo interno. La proyección opera sin consultar tu ideología consciente.



El Racista Íntimo.


El racista más peligroso no marcha en manifestaciones ni grita consignas: habita silenciosamente en cada psique humana. No es el monstruo exterior que señalamos con comodidad moral, sino el arquitecto interno que organiza nuestras ansiedades depositándolas en el cuerpo del diferente. Construimos muros contra el otro para protegernos de nosotros mismos.


La identificación proyectiva cruza la frontera del color con eficiencia quirúrgica. Depositamos en la piel ajena lo intolerable de la propia—dependencia, fragilidad, necesidad de pertenencia. El sujeto queda liberado; el objeto, condenado a cargar equipaje que nunca empacó. La paradoja estructural: cuanto más exitosa la proyección, más invisible se vuelve para quien la ejecuta. La defensa perfecta es aquella que borra sus propias huellas.


El sujeto contemporáneo se declara antirracista mientras sus mecanismos inconscientes operan intactos. La corrección política enmascara sin desmantelar. Enfrentar al racista interior exige excavación arqueológica en territorio que preferimos creer inexistente.


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No decir puede ser refugio o resistencia. El secreto que te hace único es el mismo que te aísla.



El tesoro del silencio.


No decir no es mentir. El silencio del analizante puede ser refugio antes que resistencia: un territorio donde atesora fragmentos de sí que teme perder al pronunciarlos. Hay pensamientos que guardamos como quien esconde monedas bajo el colchón, no por avaricia sino por supervivencia. Decirlo todo amenaza con vaciarnos. Algunas palabras retenidas son el último bastión donde el sujeto se reconoce dueño de algo propio, irreductible a la mirada del otro.


Quien calla para preservarse descubre que el secreto funda identidad. Poseer algo que nadie más conoce genera la ilusión de ser alguien singular, un Otro con mayúscula. El analizante que reserva construye diferencia: yo tengo lo que tú ignoras. Sin embargo, ese tesoro guardado puede convertirse en cárcel. Lo no dicho pesa, ocupa espacio y exige vigilancia constante.


La experiencia analítica no busca la confesión total, sino discernir qué silencios protegen y cuáles encierran. El secreto que nos hace únicos puede ser el mismo que nos condena a la soledad.


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Mentirse cansa más que sufrir. La lucidez no elimina el dolor: lo vuelve habitable.

Lucidez dolorosa.

Vivimos construyendo coartadas. Elaboramos versiones edulcoradas de nuestras elecciones, justificaciones elegantes para nuestras cobardías, explicaciones que nos eximen de responsabilidad. El autoengaño no es accidente sino estrategia: una arquitectura sofisticada que erigimos para habitar sin demasiado malestar. Creemos que mentir nos protege del sufrimiento.

Sin embargo, la mentira exige un trabajo agotador. Mantener la ficción requiere vigilancia constante, memoria selectiva, ceguera voluntaria. Gastamos más energía sosteniendo el engaño que la que nos ahorraría enfrentar aquello que evitamos. El dolor que esquivamos se multiplica en los rincones donde lo escondemos. Mentirse no elimina el sufrimiento: lo desplaza, lo fermenta, lo convierte en síntoma.

La experiencia analítica propone algo incómodo: que la lucidez duele menos que la anestesia. No porque ver claro sea placentero, sino porque el precio de no ver se paga con la vida misma. Ganar verdad es perder excusas.

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