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La víctima eterna le entrega su libertad a quien la lastimó. El psicoanálisis abre el camino para recuperar la autoría de la propia historia.


Del victimismo a la agencia. La víctima perpetua se alimenta de su propia desgracia como un adicto a su droga. Encuentra en el relato del daño una identidad sólida, un lugar reconocible en el mundo. La queja se vuelve hogar, el sufrimiento una profesión. Pero este refugio en la victimización es también una prisión: mantiene al sujeto encadenado a quienes lo lastimaron, otorgándoles un poder eterno sobre su destino.


Sin embargo, quien más ama su herida es quien más teme curarla. La agencia implica soltar la cómoda certeza del "me hicieron" para asumir la incómoda responsabilidad del "yo hago". Abandonar el guión heredado significa escribir uno propio, con toda la angustia que conlleva la libertad. El paso de víctima a agente no es liberación: es asumir la carga de la propia existencia.


La experiencia analítica revela que narrarse con palabras propias no borra el daño, pero sí destrona a quienes lo infligieron. El analizante descubre que puede hacer algo nuevo con lo que le fue hecho, transformando el peso muerto del pasado en material vivo para construir un futuro propio.

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Confesamos la ceguera para poder ver: la verdad no se descubre, se produce confesando.



La confesión como acto fallido. Cixous describe su "postura de confesión" como efecto directo de la miopía. Confesar se vuelve necesario cuando no podemos verificar con la mirada lo que experimentamos. La confesión emerge del abismo entre certeza perceptiva y realidad psíquica.


Pero aquí opera una inversión crucial: confesar la falta de visión se convierte en el acto mismo que permite ver. La confesión no revela una verdad preexistente sino que produce la verdad que pretende describir. Confesamos para existir, no porque existamos.


El analizante llega al consultorio convencido de que debe confesar sus secretos para curarse. Descubre, en cambio, que el acto de confesar transforma retroactivamente el contenido de lo confesado. La verdad no está esperando ser descubierta; se fabrica en el acto mismo del decir. Referencia: Cixous, H., & Derrida, J. (2001). Velos. Siglo XXI.


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Actualizado: 5 sept 2025

¿Eres esclavo de tu síntoma o artista de tu sinthome? La diferencia es radical: sufrimiento vs creación.


Síntoma o sinthome. El síntoma es el niño malcriado del inconsciente: grita, demanda atención, promete revelaciones si lo mimamos lo suficiente. Llegamos a análisis creyendo que el síntoma es nuestro enemigo a eliminar, sin sospechar que puede transformarse en nuestro más íntimo compañero. La diferencia entre sufrir el síntoma y habitar el sinthome marca la frontera entre la queja neurótica y la asunción del deseo.


Identificarse al síntoma es vivir como su rehén: "Soy depresivo, soy ansioso, soy adicto". El sujeto se reduce a su padecimiento, convirtiendo la falla en identidad total. Paradójicamente, el sinthome opera de manera opuesta: no somos nuestro síntoma, sino que lo incluimos como parte de nuestra singularidad irreductible. Es la diferencia entre ser poseído por el demonio y domesticarlo para que trabaje a nuestro favor.


La clínica contemporánea no busca la eliminación del síntoma sino su transformación en sinthome. El analizante aprende a tomar distancia de aquello que lo determina, para poder elegir cómo relacionarse con ello. No se trata de curar sino de crear: hacer del síntoma una obra de arte personal que sostenga el deseo sin aplastarlo.


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