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Tu síntoma no es tu enemigo. Es el único que todavía insiste en decirte algo que no quieres saber.


La falla como brújula.


El cuerpo sabe antes que la palabra. Una contractura que no cede, un insomnio que se instala, una angustia sin motivo aparente. Algo se atasca en un punto que la medicina no localiza y la voluntad no resuelve. No es debilidad ni falta de carácter. Es un saber que todavía no encontró su decir. Lo que no anda en el cuerpo es lo que insiste en ser escuchado.


Curioso mecanismo el del síntoma: queremos eliminarlo pero él nos sostiene. Sin esa molestia no habría pregunta, sin pregunta no habría movimiento. El malestar funciona como una brújula invertida: no señala hacia dónde ir sino desde dónde venimos. Lo que no anda marca el territorio de lo no dicho. Silenciarlo es perder el mapa.

La clínica actual recibe sujetos medicados hasta el silencio. Pastillas que apagan el ruido sin descifrar el mensaje. El análisis propone otra cosa: no callar lo que no anda sino hacerlo hablar. Ahí donde el síntoma grita, el sujeto puede comenzar a susurrar su verdad.


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Actualizado: 17 feb

No consultas porque algo falla. Consultas porque algo insiste en decirte lo que no quieres escuchar.


Lo Que No Anda.


Nadie consulta porque todo marcha bien. Se llega al análisis cuando algo tropieza, cuando la vida cojea en un punto preciso que no se puede nombrar. El síntoma es eso: una piedra en el zapato que insiste, que no se deja ignorar. No es un error a corregir ni una falla a reparar. Es un mensaje cifrado que el sujeto se envía a sí mismo sin saberlo. Lo que no anda es justamente lo que habla.


Curioso destino el del malestar: queremos eliminarlo, pero es lo único que nos orienta. Sin esa molestia persistente no habría pregunta, sin pregunta no habría búsqueda. El bienestar prometido por la época es una trampa silenciosa. Anestesia lo que duele y con ello clausura toda posibilidad de saber. Lo que no anda es precisamente lo que nos mantiene vivos como sujetos deseantes.


El trabajo clínico no busca que todo funcione. Apuesta a que el sujeto pueda hacer algo nuevo con aquello que insiste en no andar. No se trata de adaptarse sino de inventar. Lo que no anda puede convertirse en brújula.


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Todo muro fronterizo fue primero un muro interior. La crisis migratoria expone muros que no sabíamos que teníamos.


Muros visibles, muros invisibles

Mientras debatimos sobre muros fronterizos y políticas migratorias, ignoramos las murallas que construimos dentro. Cada muro físico que un país levanta refleja miles de muros psíquicos que sus ciudadanos ya habían erigido. La arquitectura del miedo es primero interior, después se materializa en concreto y alambre de púas. No es que los políticos inventen el temor al extranjero—lo explotan porque ya existe.

La crisis migratoria global revela algo más que problemas de política pública: expone la fragilidad de nuestra supuesta tolerancia. Cuando los refugiados eran estadística lejana, éramos solidarios; cuando tocan nuestra puerta, descubrimos muros que no sabíamos que teníamos. El progresista que defiende fronteras abiertas puede descubrirse aliviado cuando los migrantes van a otro barrio. No es cinismo—es el choque entre ideales conscientes y defensas inconscientes.

Desmantelar el muro fronterizo sin desmantelar el muro interior solo desplaza el problema. La verdadera política migratoria empieza en la psique—en la capacidad de tolerar la presencia del diferente sin necesitar convertirlo en amenaza para justificar nuestra ansiedad.

Referencia:

Davids, M. F. (2021). Ethnic purity, otherness and anxiety: The model of internal racism. En K. White & I. Klingenberg (Eds.), Migration and intercultural psychoanalysis: Unconscious forces and clinical issues (pp. 11–29). Routledge.

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