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Los términos "autoestima" y "resiliencia" se han convertido en los pilares gemelos de la subjetividad neoliberal, una maquinaria conceptual diseñada para producir sujetos dóciles ante la voracidad del mercado. La autoestima, lejos de ser una herramienta de autovaloración genuina, funciona como un imperativo superyoico implacable: "debes amarte lo suficiente como para seguir siendo productivo". Es la interiorización perfecta de la lógica mercantil en el núcleo mismo de nuestra relación con nosotros mismos.


La resiliencia completa esta operación perversa. No celebra la capacidad humana de resistir y transformar las condiciones adversas, sino que premia la sumisión silenciosa ante cualquier forma de violencia sistémica. El mensaje es claro: tu valor reside en tu capacidad de aguantar, de doblarte sin romperte, de absorber golpe tras golpe sin cuestionar jamás quién los propina. Es la despolitización perfecta del sufrimiento, convertido ahora en oportunidad de demostrar tu "fortaleza".


Esta pareja conceptual opera como el dispositivo perfecto del capitalismo contemporáneo: mientras la autoestima te exige estar constantemente a la altura de las demandas del mercado, la resiliencia te felicita por soportar sus consecuencias sin rebelarte. No es casual que este discurso confunda deliberadamente el optimismo sumiso con el verdadero entusiasmo que nace de la lucha y la transformación colectiva.


 
 
 


La lengua nos ofrece un abanico de palabras para nombrar aquello que nos constituye: hiato, brecha, vacío, hueco. No es casualidad que existan tantas formas de señalar la ausencia. Cada una de estas palabras ilumina un aspecto diferente de esa falta fundamental que nos atraviesa, como si el lenguaje mismo intentara rodear, una y otra vez, esta verdad central de nuestra condición: somos seres marcados por la incompletitud.


La hiancia no es un accidente en nuestra estructura, un defecto que debamos corregir. Es el espacio mismo donde surge la posibilidad del deseo, del movimiento, del cambio. En la distancia entre lo que somos y lo que creemos ser, en la separación entre el decir y lo dicho, en el intervalo entre un momento y otro, se abre el campo donde la subjetividad puede desplegarse. La pausa no es una interrupción del sentido, sino su condición de posibilidad.


Estas palabras, en su aparente negatividad, nos revelan algo fundamental: la falta no es el enemigo a vencer, sino el espacio vital que nos permite existir como sujetos deseantes. El hueco en nuestro ser no está para ser llenado, sino para ser habitado. Es en este vacío constitutivo donde reside nuestra potencia más radical, nuestra capacidad de devenir algo más que lo que ya somos.


 
 
 


Existe una fantasía popular que imagina al inconsciente como un sótano oscuro donde guardamos nuestros secretos más inconfesables, una especie de baúl misterioso que el analista debe forzar para extraer sus contenidos ocultos. Esta visión pintoresca del trabajo analítico no podría estar más lejos de la verdad. El inconsciente no está enterrado en las profundidades de un pozo psíquico esperando ser excavado; está vivo, activo, operando en cada palabra que pronunciamos, en cada acto que realizamos.


Este saber inconsciente que nos atraviesa no necesita ser descubierto sino escuchado. Ya está hablando en nuestros lapsus, en nuestros sueños, en nuestros síntomas. No requiere técnicas especiales de extracción ni interpretaciones forzadas. Lo que necesita es un espacio donde pueda ser dicho, donde la palabra pueda desplegarse libremente, sin la censura constante de nuestras explicaciones racionales.


La tarea del análisis no es iluminar zonas oscuras sino permitir que emerja lo que ya está allí, insistiendo en ser escuchado. No es un trabajo de excavación arqueológica sino de escucha atenta a ese saber que ya nos habita y que se manifiesta en los pliegues del discurso, en los silencios entre palabras, en esas verdades que decimos sin saber que las estamos diciendo.


 
 
 
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