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La búsqueda del adicto no es simplemente la del placer químico: es el intento desesperado de construir un nuevo cuerpo, uno que no cargue con las marcas de su historia. La sustancia promete algo seductor: la posibilidad de habitar, aunque sea temporalmente, un cuerpo sin memoria, sin cicatrices psíquicas, sin el peso de los traumas inscritos en la carne. Es la fantasía de un reinicio perpetuo, donde cada dosis ofrece la ilusión de un cuerpo virgen.


Este nuevo cuerpo químico se presenta como una alternativa al cuerpo histórico, ese que duele, que recuerda, que porta las inscripciones de cada encuentro y desencuentro con el Otro. La sustancia viene a cumplir una función paradójica: crear un cuerpo que no sienta, para no sentir el dolor de tener un cuerpo. Es un intento de borrar no solo la memoria psíquica, sino la memoria corporal misma, esa que habita en cada célula, en cada nervio, en cada terminación sensorial.


Pero este proyecto está destinado al fracaso: el cuerpo sin historia es una ficción química que debe ser renovada constantemente. Cada despertar del efecto de la sustancia es un retorno brutal al cuerpo real, ese que insiste en recordar, en sentir, en doler. La adicción se revela así como un círculo vicioso donde cada intento de escape del cuerpo histórico solo profundiza las marcas que se intentan borrar.


 
 
 


El malestar en la cultura ha sufrido una mutación radical: ya no enfrentamos la vieja neurosis freudiana basada en la represión del deseo, sino algo más perverso - la obligación de gozar. El superyó contemporáneo no prohíbe, ordena: "¡Debes disfrutar!", "¡Tienes que pasarla bien!", "¡No puedes perderte nada!". Este mandato de goce perpetuo se vuelve más asfixiante que cualquier prohibición.


El adicto encarna la versión más extrema y dolorosa de esta nueva subjetividad. No es quien transgrede la ley, sino quien obedece demasiado bien el imperativo social del goce sin límites. Su sufrimiento revela la paradoja de nuestra época: mientras más se persigue el goce como obligación, más se aleja la posibilidad del placer verdadero. La adicción se convierte así en el paradigma de un goce que no hace lazo social, que no produce satisfacción real.


La clínica contemporánea debe confrontar esta nueva forma de malestar. Ya no se trata de liberar el deseo reprimido, sino de liberarnos del mandato imposible del goce perpetuo. El verdadero acto analítico hoy consiste en restaurar la posibilidad de un deseo que no esté sometido a la tiranía del goce obligatorio, que pueda incluir la falta y el límite como dimensiones constitutivas de la subjetividad.



 
 
 


La clínica contemporánea nos confronta con un nuevo tipo de sufrimiento: el del sujeto que ha aprendido a relacionarse más con objetos que con personas. No es una elección accidental sino el producto de una época que privilegia la satisfacción inmediata del consumo por sobre la complejidad del encuentro humano. Los objetos, después de todo, no decepcionan: están ahí, disponibles, predecibles, sin la inquietante alteridad del otro.


Esta preferencia por el objeto sobre el vínculo revela una estrategia defensiva cada vez más común: ante la angustia que genera la imprevisibilidad del encuentro con otro, se opta por la seguridad del objeto de consumo. El mercado alimenta esta tendencia ofreciendo una promesa seductora: cada malestar puede ser resuelto con la adquisición correcta. El otro humano, con su irreductible diferencia, queda relegado a un segundo plano.


Pero el precio de esta elección es alto: mientras los objetos pueden calmar momentáneamente la angustia, solo el vínculo con otros puede ofrecer la posibilidad de una transformación subjetiva real. La acumulación de objetos se revela como un callejón sin salida, una promesa de satisfacción que siempre queda pendiente, mientras la capacidad misma de vincularse se atrofia bajo el peso de las posesiones.


 
 
 
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