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Actualizado: 24 abr 2025

No existe una matemática existencial en la que 1+1=2. El Otro no es un segundo ejemplar de mi especie, sino un abismo categorial que ninguna comunidad absorbe, ningún "nosotros" neutraliza.


Vivimos en un mundo donde creemos que las personas son unidades separadas, que se pueden sumar o combinar según reglas simples. Esta creencia nos ayuda a organizar nuestra vida social: vemos los matrimonios como sumas perfectas, las amistades como multiplicadores de bienestar y las comunidades como colecciones de individuos. Pero cada vez que realmente nos encontramos con otro ser humano, nos damos cuenta de que esta visión es falsa. El otro no es solo una extensión de lo que ya conocemos, sino una interrupción total de nuestras ideas previas. La presencia del otro rompe todos nuestros esquemas y reglas.


La filosofía occidental ha creado sistemas complejos que intentan convertir las diferencias en algo uniforme, eliminando lo que hace único a cada ser. Desde Parménides hasta Hegel, el pensamiento dominante ha transformado las diferencias en variaciones dentro de un mismo marco. Este marco compartido nos hace creer que podemos comprender al otro completamente, porque, al final, somos iguales. Pero Levinas critica esta forma de pensar, porque elimina lo que realmente hace al otro diferente y único.

Hoy en día, encontramos personas que están muy conectadas a través de la tecnología, pero que son incapaces de tener encuentros verdaderos. Sus relaciones se basan en interacciones previsibles, donde los resultados siempre son los mismos y nada desafía su identidad. Las aplicaciones de citas, las redes sociales y las relaciones tecnológicas prometen compatibilidad, pero les falta el poder transformador que solo se da cuando un encuentro real ocurre, cuando el otro rompe nuestras expectativas y desafía nuestras ideas preestablecidas.


Referencias

Levinas, E. (2002). Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad. (A. Leyte, Trad.). Sígueme. (Trabajo original publicado en 1961).


 
 
 



Todos llevamos un contrabandista en nuestro interior que transporta mercancías prohibidas entre la expectativa y la decepción. Lo vemos operar en cada relación fallida, en cada objeto que pierde su brillo al poseerlo, en cada logro que se vuelve insuficiente apenas alcanzado. Cruzamos fronteras psíquicas cargando promesas de satisfacción que se desvanecen al tocarlas, convencidos de que la próxima vez será diferente.


La paradoja es que nuestro contrabandista existe precisamente porque nuestra aduana interior finge no verlo. Justo cuando obtenemos lo deseado, activamos el mecanismo secreto que anula su valor. El smartphone nuevo, la pareja conseguida, el ascenso laboral: todos revelan su impostura al ser poseídos. Y sin embargo, seguimos repitiendo el ciclo, fingiendo sorpresa ante cada nueva decepción.


La experiencia analítica revela que este tráfico fronterizo no es un defecto a corregir sino la estructura misma del deseo. Reconocer al contrabandista no implica detenerlo, sino establecer otro pacto con él: uno donde la mercancía ya no prometa completitud imposible, sino fragmentos asumidos de un goce necesariamente parcial. Solo entonces podemos habitar la frontera sin la angustia de cruzarla.


 
 
 



We all harbor a smuggler within who traffics forbidden goods between expectation and disappointment. We witness its operation in each failed relationship, in every object that loses its luster once possessed, in each achievement that becomes insufficient the moment it's reached. We cross psychic borders carrying promises of satisfaction that vanish at our touch, convinced that next time will be different.


The paradox lies in how our smuggler exists precisely because our inner customs pretends not to see it. Right when we obtain what we desire, we activate the secret mechanism that nullifies its value. The new smartphone, the partner attained, the job promotion: all reveal their imposture once possessed. Yet we repeat the cycle, feigning surprise at each new disappointment.


The analytical experience reveals that this border trafficking isn't a defect to correct but the very structure of desire itself. Recognizing the smuggler doesn't mean stopping it, but establishing a different pact: one where the goods no longer promise impossible completeness, but acknowledged fragments of necessarily partial enjoyment. Only then can we inhabit the border without the anxiety of crossing it.

 
 
 
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