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Drogamos el cuerpo para silenciar lo que no sabemos escuchar. La química: puntuación provisional para textos biológicos que nadie enseñó a leer.


Química del silencio


Cuerpos que hablan idiomas que sus propios dueños desconocen. Donde las palabras fracasan, el dolor físico construye catedrales de síntomas precisos y ordenados que ningún diccionario traduce. Buscamos en fármacos y sustancias los intérpretes para este monólogo incomprensible que emerge desde territorios anteriores al lenguaje.


El sufrimiento psíquico sin representación simbólica se materializa en carne dolorida, tejidos inflamados, órganos que protestan. Paradójicamente, cuanto más sofisticados nuestros diagnósticos médicos, menos comprendemos estos jeroglíficos corporales. Como arqueólogos frente a inscripciones de civilizaciones extintas, acumulamos datos mientras el significado profundo permanece sellado tras muros impenetrables.


La clínica contemporánea recibe estos cuerpos que sufren en dialectos pre-verbales. El verdadero desafío no consiste en silenciar síntomas sino en desarrollar gramáticas nuevas donde el dolor encuentre traducción sin recurrir a químicas que enmudecen la pregunta. Entre la medicina que medica y el psicoanálisis que escucha, estos pacientes buscan quien pueda leer las partituras escritas en sus células.


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Consumimos nuestros ideales hasta extinguirlos. Adictos a lo sagrado en formato portable, perdimos la distancia que hace posible la adoración.


Ideales líquidos


Los objetos se volvieron soluciones. Donde antes existían ideales inalcanzables que orientaban desde las alturas, ahora consumimos pastillas, polvos y píxeles que prometen entregar en formato digerible lo que antes perseguíamos como horizonte: trascendencia instantánea, conexión envasada, identidad con código de barras. La adicción no es exceso sino transformación química del ideal: de brújula externa a combustible interno.


Paradójicamente, cuanto más intentamos materializar nuestros ideales en objetos tangibles, más se desvanece su función estructurante. Como quien intenta atrapar el viento en frascos: el acto mismo de posesión destruye aquello que pretendemos conservar. El vacío que los objetos adictivos prometen llenar se expande precisamente con cada nueva adquisición que debería reducirlo.


La clínica contemporánea recibe consumidores exhaustos de ideales líquidos que se evaporan tras cada dosis. El verdadero trabajo analítico consiste en restaurar la distancia entre sujeto e ideal, reintroduciendo la imposibilidad como dimensión constitutiva del deseo. La adicción convierte horizontes en destinos; el análisis devuelve a los horizontes su función orientadora pero inalcanzable.


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La palabra 'yo' es una elaboración tardía; mucho antes de aprenderla, el niño ya ha mapeado su existencia en un universo de sensaciones que definen sus fronteras. Este mapa sensorial es el verdadero protolenguaje del ser.



Primeras inscripciones


Antes de que adquiramos lenguaje para nombrarnos, antes de que la razón elabore complejas narrativas sobre nuestra identidad, el cuerpo ya ha comenzado a trazar los contornos primordiales del ser. Esta cartografía sensitiva precede cualquier abstracción, cualquier construcción verbal del yo. Somos primero una experiencia táctil, una sensación de límites, un conjunto de percepciones que delimitan donde termino yo y comienza lo otro.


El infante que aún no puede decir "yo" ya experimenta su existencia separada a través de sensaciones: el hambre que tensa sus entrañas, el bienestar que sigue a la satisfacción, el dolor que circunscribe una zona específica de su corporalidad. Estas experiencias sensoriales constituyen la materia prima de la consciencia. La piel, frontera material entre el ser y el mundo, se convierte en el primer lienzo donde se dibuja la identidad mediante el registro de innumerables contactos, caricias, presiones y temperaturas.


Esta inscripción corporal primigenia persiste como sustrato permanente incluso cuando desarrollamos representaciones más sofisticadas de nosotros mismos. El análisis profundo revela cómo, bajo capas de elaboración intelectual, subyace siempre esta memoria somática fundacional. Los pacientes con trastornos de identidad frecuentemente manifiestan alteraciones en su esquema corporal, evidenciando que cuando la representación corporal original se distorsiona, toda la arquitectura posterior del yo se tambalea.


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