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El gesto que 'se escapa', el tic imperceptible, la respiración entrecortada: ahí reside el mensaje más auténtico. El verdadero analista no escucha palabras; descifra cuerpos.



Elocuencia del silencio


Escuchamos palabras mientras ignoramos sinfonías. Nuestros oídos, adiestrados para captar el lenguaje articulado, permanecen sordos ante el discurso más antiguo y constante: el del cuerpo. Este emisor incansable transmite sin descanso, enviando señales que rebasan cualquier censura consciente, revelando verdades que la palabra nunca confesaría.


La corporalidad constituye nuestro primer modo de existencia simbólica, anterior al habla y más honesto que ella. Paradójicamente, cuanto más intentamos silenciar al cuerpo, más elocuentes se vuelven sus manifestaciones: el síntoma físico grita lo que la boca calla. El sonrojo delata, el temblor confiesa, la tensión muscular revela las batallas internas que libramos contra nosotros mismos. Ninguna máscara social logra acallar completamente este texto viviente.


El analista contemporáneo sabe que debe desarrollar una escucha bifocal: atender simultáneamente al contenido verbal y a la narrativa corporal que lo acompaña, contradice o complementa. Cuando ambos registros divergen, el cuerpo suele portar la verdad más cercana al inconsciente. La interpretación eficaz requiere esta doble lectura, este desciframiento de un alfabeto primitivo que precede a cualquier elaboración lingüística. El silencio corporal contiene la gramática primordial del ser.


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El cuerpo no transporta la psique sino que la engendra; no es el escenario de lo mental sino su raíz primordial. Ignorarlo es intentar entender el árbol negando la semilla.



La raíz carnal


Creemos poseer un cuerpo cuando en realidad es él quien nos posee a nosotros. Nos seduce la ilusión de que habitamos una materia subordinada a nuestra voluntad, pero la verdad resulta más perturbadora: somos el producto de una carne que nos precede y determina. El pensamiento no conquista al cuerpo; brota de sus entrañas como consecuencia inevitable.


La constitución psíquica emerge de la experiencia corporal primaria, no como simple derivado sino como elaboración compleja de sensaciones que conforman nuestra primera cartografía mental. Paradójicamente, cuanto más intentamos trascender nuestra materialidad mediante abstracciones, más revelamos nuestra dependencia de ese sustrato físico que posibilita el pensamiento mismo. El cuerpo no es prisión del espíritu sino su condición de posibilidad más radical.


El analista contemporáneo reconoce que cualquier intervención que ignore esta verdad fundacional está condenada al fracaso terapéutico. Los síntomas hablan a través de la carne antes de encontrar palabras, y la transferencia ocurre primero como resonancia somática entre dos presencias corporales. Restaurar la dignidad epistemológica del cuerpo implica reconocer que no estamos ante un vehículo pasivo, sino frente al arquitecto silencioso de nuestra subjetividad.


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Congelamos el instante con sustancias para no ser reescritos, mientras el tiempo sigue corriendo y nosotros nos quedamos atrás, inmóviles y obsoletos.



Anclados al instante


Adictos al mismo momento, suspendemos la tiranía del tiempo que inscribe su novedad sobre nosotros sin piedad. Frente al vértigo de existir como tabletas perpetuamente reescritas, la sustancia promete un eterno presente donde nada cambia mientras todo permanece exactamente igual. El químico refugio nos protege del terror fundamental: ser superficie donde el devenir inscribe su crueldad incesante.


El toxicómano construye paradojas temporales: cuanto más inmóvil permanece en su goce, más velozmente se desintegra como sujeto. Su cuerpo, convertido en monumento a un instante petrificado, celebra la ausencia de movimiento mientras se deteriora a velocidades devastadoras. La destrucción física es el precio por esta peculiar victoria sobre la temporalidad que amenaza con transformarnos constantemente.


La clínica contemporánea enfrenta este dilema existencial disfrazado de problema químico. El analista debe reintroducir la dimensión temporal donde la droga ha instalado paréntesis químicos, ayudando al sujeto a tolerar la angustia de ser lienzo que el tiempo modifica. Aprender a habitar el movimiento resulta más sanador que cualquier estabilidad artificial.


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