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La esclavitud se ha vuelto elegante. Ya no necesita cadenas visibles ni amos con rostro: opera a través de algoritmos que predicen y moldean nuestros deseos, a través de pantallas que nos mantienen cautivos voluntarios. El poder ya no se ejerce desde el castigo sino desde la seducción. Cada 'like', cada 'click', cada interacción digital refuerza los barrotes invisibles de nuestra prisión confortable.


Los nuevos dispositivos de control son tan sofisticados que nos hacen creer que somos más libres que nunca. Compartimos voluntariamente cada aspecto de nuestra vida, entregamos gustosamente nuestros datos más íntimos, construimos alegremente nuestras propias cadenas digitales. La vigilancia ya no necesita espías: tenemos smartphones que hacen ese trabajo por ella.


Lo verdaderamente perverso de este sistema es que nos hace amar nuestra servidumbre. Ansiamos el próximo dispositivo que nos vigilará mejor, esperamos con impaciencia la siguiente actualización que refinará nuestro perfil de consumidor. La esclavitud moderna no solo viene con wifi incluido: viene con lista de espera y fanáticos acampando frente a las tiendas para ser los primeros en encadenarse.


 
 
 


Nadie habita fuera del discurso. Desde el momento en que nacemos, somos capturados por una red de significantes que nos precede y nos constituye. El lenguaje no es una herramienta que usamos: es la materia misma de la que está hecho nuestro ser social. Incluso cuando creemos estar en silencio, estamos habitados por las palabras de otros.


La experiencia analítica nos muestra que cada síntoma, cada fantasía, cada forma de sufrimiento está tejida con los hilos del discurso social. El analizante que cree hablar solo desde su historia personal descubre, poco a poco, que sus palabras más íntimas están entrelazadas con los significantes de su época, de su clase, de su cultura. No hay subjetividad que no esté atravesada por al menos un discurso.


Lo que llamamos "yo" es, en realidad, un punto de cruce donde diversos discursos se encuentran y se anudan. Nuestra singularidad no reside en estar fuera del discurso, sino en la forma única en que cada uno habita y es habitado por estos discursos que nos constituyen. El verdadero acto analítico consiste en hacer visible esta trama invisible que nos sostiene y nos determina.


 
 
 


Existe una fantasía contemporánea particularmente peligrosa: la de poder mantenerse "fuera" de la política. Como si la posición neutral fuera posible, como si el silencio no fuera ya una forma de tomar partido. Somos seres políticos de la misma manera que los peces son seres acuáticos: no es una elección, es nuestra condición de existencia.


En cada gesto cotidiano, en cada silencio cómplice, en cada "yo no me meto en política", estamos ya haciendo política. La diferencia radica solo en si somos conscientes de nuestra posición o si preferimos la comodidad de creernos neutrales. No elegimos si participar en el juego político, solo si lo hacemos activa o pasivamente, si nadamos a favor o en contra de la corriente.


El mito de la neutralidad sirve perfectamente a los intereses del poder establecido. Cuando alguien dice "yo no hago política", está haciendo precisamente la política que el sistema necesita: la del espectador pasivo, la del cómplice silencioso. La única elección real es entre ser conscientes de nuestra posición política o dejar que otros la elijan por nosotros.


 
 
 
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