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El sujeto contemporáneo sale de la universidad transformado en una cifra: tantos créditos acumulados, tanto valor de mercado adquirido, tanta deuda contraída. No es casual que utilicemos el mismo término -crédito- para las materias aprobadas y para la deuda financiera. La universidad ya no forma sujetos: produce portadores de créditos, unidades calculables de valor potencial en el mercado laboral.


Esta transformación del estudiante en crédito ambulante revela la verdadera función de la universidad actual: convertir el conocimiento en una mercancía cuantificable y al sujeto en su portador. No estudiamos para saber, sino para acumular créditos. No aprendemos para transformarnos, sino para volvernos más "crediticios", más financiables, más vendibles en el mercado de las competencias.


La paradoja es que estos créditos que supuestamente nos califican, en realidad nos descalifican como sujetos pensantes. Salimos de la universidad marcados, sí, pero no por el saber sino por una lógica mercantil que reduce todo conocimiento a su valor de cambio. La verdadera educación tendría que comenzar precisamente por cuestionar esta reducción del saber a créditos.


 
 
 

Actualizado: 25 ene 2025



El discurso capitalista opera como un programador implacable de nuestro deseo. No se limita a vendernos objetos: nos instala la sensación de necesitarlos, de que sin ellos algo nos falta. Como un algoritmo perverso, anticipa nuestros "deseos" antes de que siquiera surjan, creando una sed perpetua que ningún objeto puede realmente saciar.


Lo que la clínica contemporánea revela es la trampa de este dispositivo: cada objeto de consumo promete una satisfacción que, al ser inalcanzable, nos empuja hacia el siguiente objeto en una cadena infinita. No es un ciclo de deseo sino de goce: esa satisfacción paradójica que, en su repetición compulsiva, produce más malestar que placer. El último iPhone no es un objeto: es un engranaje en esta maquinaria de goce.


La paradoja es que este sistema no funciona a pesar de su fracaso, sino gracias a él. Cada promesa incumplida de satisfacción nos empuja a buscar el próximo objeto, el próximo gadget, la próxima experiencia que promete ser "la definitiva". El capitalismo no vende productos: comercia con promesas de completitud que, al fracasar, alimentan su propia continuidad.


 
 
 


El verdadero acto analítico comienza con un olvido necesario: el analista debe hacer a un lado todo lo que cree saber sobre el sufrimiento humano, sobre las teorías del inconsciente, sobre las técnicas terapéuticas. No porque este conocimiento no sea valioso, sino porque el saber teórico puede convertirse fácilmente en una pantalla que impide escuchar la singularidad radical de cada analizante.


La clínica actual está saturada de expertos que tienen respuestas para todo, que diagnostican y prescriben antes de escuchar realmente. El psicoanálisis propone algo radicalmente distinto: un espacio donde el no-saber del analista permite que emerja el saber inconsciente del analizante. La diferencia entre analizar y adoctrinar reside precisamente en esta capacidad de suspender nuestras certezas.


Cada vez que un analista cree saber demasiado sobre lo que le pasa a su analizante, está más cerca del adoctrinamiento que del análisis. La verdadera escucha analítica requiere ese vaciamiento continuo de las propias certezas, esa disposición a ser sorprendido por lo que el otro trae, esa capacidad de mantener viva la pregunta por lo singular de cada caso.


 
 
 
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