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La pausa no es pérdida de tiempo sino recuperación del tiempo perdido. El silencio cura lo que la velocidad enferma.



Desafiando la inmediatez.

La velocidad se ha vuelto nuestra nueva religión. Adoramos la inmediatez como si fuera la salvación, pero cada notificación nos aleja más de nosotros mismos. Paradójicamente, mientras más conectados estamos digitalmente, más desconectados quedamos de nuestro mundo interno. La hiperconectividad promete cercanía pero entrega dispersión.

El psicoanálisis propone algo revolucionario: detenerse. No como parálisis, sino como resistencia activa contra la tiranía del tiempo acelerado. Aquí emerge otra paradoja: solo al ralentizar podemos alcanzar las profundidades que la velocidad hace inaccesibles. La pausa analítica no es vacío, sino plenitud; no es pérdida de tiempo, sino recuperación del tiempo perdido.

La clínica contemporánea revela que nuestros síntomas más frecuentes nacen precisamente de esta imposibilidad de pausa. El consultorio se convierte en el último refugio donde el silencio no es interpretado como falla técnica sino como oportunidad de encuentro. Allí redescubrimos que las preguntas importantes necesitan tiempo para germinar, no algoritmos para resolverse.


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Actualizado: 29 may 2025

Consultamos expertos para que confirmen lo que ya decidimos. La medicina moderna: validación técnica de autodiagnósticos imaginarios.


Médicos sin pacientes


Los síntomas modernos transforman la estructura misma de la medicina: ya no encontramos personas enfermas buscando tratamiento sino sujetos saludables exigiendo optimización. La nueva epidemia consiste en individuos que no toleran estados imperfectos y que rechazan categóricamente cualquier sensación que no coincida con su ideal de funcionamiento perfecto.


El modelo tradicional de diagnóstico y tratamiento se desmorona cuando el paciente llega con exigencias precisas y conocimientos técnicos sobre sus estados internos. Paradoja central de nuestra época: cuanto más instrumentos diagnósticos desarrollamos, menos autoridad conserva quien debería interpretarlos. Como quien contrata arquitectos para seguir exactamente los planos que él mismo ha dibujado previamente.


La clínica contemporánea recibe sujetos que no buscan comprensión sino certificación de un autodiagnóstico ya establecido. El verdadero desafío terapéutico no consiste en resolver el síntoma sino en reinstalar la pregunta que este síntoma pretende silenciar. ¿Cómo transformar demandas de soluciones técnicas en interrogantes sobre la posición existencial que hace necesarias esas soluciones?


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La dictadura del placer nos exige felicidad constante mientras produce tristeza masiva. Somos prisioneros sonrientes de nuestra propia libertad.


Placer sin límites


Todo lo estable se derrumba cuando el placer excesivo se vuelve brújula de la existencia. Matrimonios, familias e incluso cuerpos se transforman bajo este nuevo mandato social: "¡disfruta a toda costa!". En este paisaje de intensidades fugaces, lo colectivo se desvanece mientras perseguimos satisfacciones inmediatas que nunca sacian el hambre que pretenden calmar.


La contradicción es reveladora: cuantas más opciones de disfrute tenemos disponibles, menos capacidad para experimentar satisfacción duradera desarrollamos. El mercado abastece infinitamente nuestros apetitos mientras nuestros vínculos —aquello que verdaderamente nutre— se diluyen como azúcar en agua. La abundancia material alimenta nuestra pobreza simbólica.


La clínica contemporánea acoge a personas agotadas por esta persecución interminable. Ya no sufren por prohibiciones sino por la permisividad absoluta; no por represión sino por la angustia de tener que disfrutar siempre. El consultorio se convierte en el último espacio donde el malestar puede expresarse sin ser inmediatamente medicado con más consumo.


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