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Todos llevamos un contrabandista en nuestro interior que transporta mercancías prohibidas entre la expectativa y la decepción. Lo vemos operar en cada relación fallida, en cada objeto que pierde su brillo al poseerlo, en cada logro que se vuelve insuficiente apenas alcanzado. Cruzamos fronteras psíquicas cargando promesas de satisfacción que se desvanecen al tocarlas, convencidos de que la próxima vez será diferente.


La paradoja es que nuestro contrabandista existe precisamente porque nuestra aduana interior finge no verlo. Justo cuando obtenemos lo deseado, activamos el mecanismo secreto que anula su valor. El smartphone nuevo, la pareja conseguida, el ascenso laboral: todos revelan su impostura al ser poseídos. Y sin embargo, seguimos repitiendo el ciclo, fingiendo sorpresa ante cada nueva decepción.


La experiencia analítica revela que este tráfico fronterizo no es un defecto a corregir sino la estructura misma del deseo. Reconocer al contrabandista no implica detenerlo, sino establecer otro pacto con él: uno donde la mercancía ya no prometa completitud imposible, sino fragmentos asumidos de un goce necesariamente parcial. Solo entonces podemos habitar la frontera sin la angustia de cruzarla.


 
 
 



We all harbor a smuggler within who traffics forbidden goods between expectation and disappointment. We witness its operation in each failed relationship, in every object that loses its luster once possessed, in each achievement that becomes insufficient the moment it's reached. We cross psychic borders carrying promises of satisfaction that vanish at our touch, convinced that next time will be different.


The paradox lies in how our smuggler exists precisely because our inner customs pretends not to see it. Right when we obtain what we desire, we activate the secret mechanism that nullifies its value. The new smartphone, the partner attained, the job promotion: all reveal their imposture once possessed. Yet we repeat the cycle, feigning surprise at each new disappointment.


The analytical experience reveals that this border trafficking isn't a defect to correct but the very structure of desire itself. Recognizing the smuggler doesn't mean stopping it, but establishing a different pact: one where the goods no longer promise impossible completeness, but acknowledged fragments of necessarily partial enjoyment. Only then can we inhabit the border without the anxiety of crossing it.

 
 
 


El sujeto contemporáneo demuestra una capacidad singular: convertir la crueldad en virtud mediante un acto de prestidigitación moral. La convicción absoluta funciona como anestésico de la conciencia: permite herir sin sentir culpa, atacar sin reconocer agresión, destruir mientras se cree construir. Observamos diariamente cómo la certeza moral no es garantía de bondad sino frecuentemente su opuesto: terreno fértil donde florece la crueldad más refinada.


Existe una paradoja fundamental en esta dinámica: cuanto más elevado el ideal que defiende el sujeto, más despiadados pueden ser sus métodos. El fundamentalista moral necesita enemigos como el adicto necesita su dosis: sin ellos se enfrenta al vacío de su propia identidad. La rectitud extrema no refleja salud psíquica: evidencia un mecanismo compensatorio ante la incapacidad de tolerar la ambivalencia constitutiva de lo humano.


La experiencia analítica revela el secreto mejor guardado: tras cada cruzador moralista yace un niño aterrado de sus propios impulsos. El odio proyectado hacia afuera es siempre proporcional a la incapacidad de integrar la propia sombra. El perseguidor de monstruos raramente advierte que su fervor persecutorio es ya el síntoma: la confirmación de que aquello que busca aniquilar afuera vive, implacable y negado, dentro de sí mismo.


 
 
 
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