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Actualizado: 13 sept 2025

Los niños nos enseñan el secreto: las palabras más verdaderas se dicen hacia nadie en particular.




Hablar à la cantonade: La soledad acompañada del sujeto.


Los niños hablan hacia nadie en particular pero necesitan que alguien esté presente. En el avión, mi hijo de cuatro años desplegaba todo un universo sonoro jugando con un vasito descartable, aparentemente solo pero dirigiéndose a una audiencia invisible que incluía a todos los pasajeros que lo escuchábamos. Hablaba à la cantonade: hacia los bastidores del teatro, simulando no dirigirse precisamente a nadie (Peusner, 2006, p. 120).


Este lenguaje que parece egocéntrico es, en realidad, profundamente social. Piaget se equivocó al llamarlo "monólogo": ningún discurso es para sí mismo. Los niños hablan para un "buen entendedor" que debe estar ahí, presente, aunque no sea interpelado directamente. Como en el teatro, donde el actor se dirige a los bastidores sabiendo que hay alguien escuchando detrás del decorado.


Lacan (citado en Peusner, 2006) señala que "el niño, en ese famoso discurso, que se puede grabar, no habla para él, como se dice" (p. 120). La estructura del à la cantonade requiere la presencia del Otro sin la exigencia de respuesta inmediata. Es un "a buen entendedor, salud": quien tenga oídos para escuchar, que escuche. El analista debe posicionarse como ese buen entendedor que habilita la palabra sin apropiársela.


Esta modalidad enunciativa revela algo esencial sobre el inconsciente: está estructurado como un lenguaje que se dirige a un Otro que no coincide con ninguna persona particular. Cuando el analizante asocia libremente, habla à la cantonade hacia el "fantasma del recuerdo, al testigo de la soledad, a la estatua del deber, al mensajero del destino" (Peusner, 2006, p. 124). La transferencia se constituye en este espacio ambiguo donde las palabras encuentran su destinatario sin saber exactamente quién es.


La experiencia analítica nos enseña que la palabra más auténtica surge cuando dejamos de calcular a quién hablamos. El consultorio se transforma en esos bastidores teatrales donde podemos desplegar nuestros monólogos más verdaderos, sabiendo que hay alguien presente sin la presión de dirigirnos específicamente a él.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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La transferencia verdadera no transfiere: mantiene abierto el puente entre dos orillas del inconsciente.




La transferencia como Übertragung: El puente que nunca se rompe.


Un niño dibuja, lo corta al medio y me regala una parte. "¡Chau, Pablo!", dice llevándose la otra mitad. En ese gesto final entendí algo esencial sobre la transferencia: no es algo que se transfiere y desaparece, sino un puente que mantiene unidos los extremos incluso después de la separación. Cada parte solo cobra valor en relación con la otra (Peusner, 2006, p. 184).

Creemos que transferencia significa pasar algo de un lugar a otro, cuando en realidad significa mantener abierto el arco que conecta ambos puntos. En español perdemos esta dimensión; en alemán, Übertragung evoca "cargar algo por sobre una región" sin que el punto de origen desaparezca. La transferencia no es mudanza sino circulación permanente (p. 171).


Peusner (2006) señala que "la transferencia es la puesta en acto de la realidad del inconsciente" (p. 168). Esta realidad no reside en ninguna persona sino en las redes significantes que nos atraviesan a ambos: analista y analizante como nodos de una misma estructura. Cuando las palabras sorprenden por igual a quien las dice y a quien las escucha, estamos en el territorio de la transferencia genuina.


En la clínica con niños, esta dimensión se vuelve especialmente visible. Las "manchas" del caso Margarita circulan entre psoriasis, papel, árbol genealógico y pecado sexual sin que nadie controle completamente el movimiento. "¿Quién lo dijo?", se pregunta el analista ante la emergencia de la sexualidad en el discurso. La respuesta es: lo dijo la transferencia (Peusner, 2006, p. 158).


La experiencia analítica nos enseña que la transferencia como Übertragung no se instala una vez y para siempre, sino que requiere renovación constante. Es un proceso dialéctico donde cada movimiento engloba los anteriores, creando una historia compartida que trasciende las personas involucradas. El análisis termina, pero el puente permanece: cada parte conserva para siempre la marca de la otra.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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El niño sabe lo que el adulto olvida: las palabras no se borran con lluvia.




El fútbol que no se juega.


Un padre promete fútbol, llueve, el partido se cancela. El niño responde con la lógica implacable de quien habita el lenguaje sin defensas: "Pero si vos me dijiste que íbamos a ir". Mientras el adulto despliega argumentos meteorológicos, el niño sostiene algo más fundamental que cualquier pronóstico: la palabra dada no se borra con explicaciones. El consultorio infantil está poblado de estas promesas rotas que revelan la diferencia abismal entre quien vive en el tiempo de los significantes y quien se refugia en el tiempo de los hechos.


He aquí la paradoja que desorienta a todo padre moderno: explicar es malexplicar cuando se trata del lenguaje inconsciente. El niño no demanda información sobre precipitaciones atmosféricas sino reconocimiento de que algo se dijo y ese decir trasciende las circunstancias que lo condicionan. Su lógica es inquebrantable porque opera desde la estructura simbólica donde las palabras crean realidades irreductibles a los hechos empíricos. El padre racionaliza, el niño simboliza; el padre informa, el niño reclama que se honre el acto enunciativo.


Los tres registros lacanianos cobran aquí materialidad cotidiana. Lo Real irrumpe como tormenta que hace imposible el encuentro con la pelota; lo Imaginario despliega sus coartadas explicativas para salvar la imagen paterna; lo Simbólico persiste como marca indeleble de la palabra pronunciada. El niño privilegia naturalmente este último registro porque aún no ha aprendido a mentirse sobre el poder constituyente del lenguaje. Para él, decir es hacer, prometer es comprometerse en una dimensión que excede las contingencias empíricas.


La represión educativa enseñará progresivamente al niño que las palabras pueden neutralizarse con circunstancias, que los compromisos simbólicos se disuelven ante la fuerza de los hechos objetivos. Aprenderá la lección adulta por excelencia: que se puede hablar sin consecuencias, prometer sin comprometerse, decir sin que importe el decir mismo. El lenguaje infantil conserva la memoria de una época anterior a esta claudicación, cuando las palabras aún conservaban su poder performativo y el sujeto se contaba sin pudor en sus propios enunciados.


La experiencia analítica revela que el camino de vuelta al inconsciente pasa por recuperar esta relación infantil con la palabra donde el "que se diga" no queda olvidado tras lo dicho. El analizante adulto debe reaprender lo que el niño sabe naturalmente: que algunas cosas, una vez dichas, no pueden des-decirse con ninguna meteorología.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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