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El adulto que habla como bebé al niño está más lejos de la infancia que nunca.




El Habla Baby-ish: Cuando el adulto infantiliza su propio lenguaje.


Los adultos transforman su voz cuando se dirigen a bebés. "¡Cuchi, cuchi, qué bonito es el pequeñín!" resuena en consultorios, plazas y hogares como banda sonora de la modernidad parental. Esta alteración vocal no es espontánea sino calculada, no es ternura sino tecnología. El habla baby-ish revela algo inquietante sobre nuestra relación con la infancia: cuando creemos acercarnos al niño, en realidad estamos alejándonos de él hacia un territorio completamente diferente del lenguaje infantil genuino.


He aquí la paradoja que Peusner (2006) señala con precisión quirúrgica: "No hay sin embargo ninguna distinción esencial entre lo que se llama este hablar babyish y por ejemplo una suerte de lenguaje que se llama el pidgin" (p. 36). El adulto que infantiliza su habla no recupera el lenguaje del niño sino que construye un idioma artificial, una lengua de contacto entre dos mundos que se suponen mutuamente incomprensibles. Como los comerciantes que inventan jergas para comunicarse con extranjeros, creamos un esperanto doméstico para negociar con esos alienígenas que viven en nuestras casas.


Lacan identifica en este fenómeno "cierta cosa que a mí, por ejemplo, me crispa realmente los nervios" porque detecta allí no una manifestación ingenua sino "el sentimiento de superioridad del adulto" (Peusner, 2006, p. 35). El habla baby-ish funciona como certificado de madurez: solo quien domina completamente el lenguaje adulto puede permitirse degradarlo estratégicamente. Esta degradación controlada establece una jerarquía lingüística donde el adulto ocupa simultáneamente la posición del traductor, el intérprete y el supervisor de la comunicación.


La operación es más compleja de lo que parece. Mientras el lenguaje infantil genuino conserva acceso directo a la estructura del inconsciente, el habla baby-ish construye una muralla entre el adulto y esa dimensión. "Esta suerte de integraciones entre área y área del lenguaje" revelan que "existen justamente respecto del lenguaje dos mundos diferentes: en aquél lenguaje del niño y en aquél lenguaje del adulto" (Peusner, 2006, p. 36). El pidgin parental no accede a ninguno de estos mundos sino que crea un tercero, artificial y estéril, donde la comunicación reemplaza al encuentro con el inconsciente estructurado.


La experiencia analítica demuestra que el camino hacia el lenguaje infantil no pasa por infantilizar el habla adulta sino por permitir que emerja la dimensión irruptiva del lenguaje donde el sujeto se cuenta sin pudor. El analista que dice "cuchi cuchi" al niño está tan lejos del inconsciente como el que le explica meteorología; ambos hablan desde la superioridad de quien cree controlar los códigos de la comunicación.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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Nos enfermamos de nosotros mismos. La identidad absoluta es alergia: el alma rechaza lo que cree ser.



Epidemias del espejo.


Las patologías contemporáneas no se contagian por proximidad física sino por identidad psíquica. La depresión, el TDAH y los trastornos límite emergen cuando el sujeto se encuentra atrapado en la imposibilidad de ser diferente de sí mismo. El virus más letal del siglo XXI es la mismidad: la incapacidad de devenir otro. Estas epidemias reflejan una sociedad que ha perdido la capacidad de alteridad.


El paradigma inmunológico clásico presuponía un exterior amenazante que debía ser repelido. Pero estas nuevas patologías revelan una paradoja inquietante: el sistema inmunológico colapsa cuando no hay nada contra lo cual inmunizarse. Sin otredad que rechazar, el organismo se ataca a sí mismo. La hiperidentidad produce autoinmunidad psíquica: somos alérgicos a nosotros mismos.


La clínica contemporánea recibe pacientes que sufren de exceso de sí: personas que no logran salir de su propia órbita narcisista. El analista escucha el relato de subjetividades clausuradas, incapaces de encontrar en el otro una alteridad genuina. El síntoma neurótico actual es la imposibilidad de ser sorprendido por uno mismo.


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El esclavo moderno no necesita cadenas: se ata con metas propias. La libertad perfecta es la que no se reconoce como prisión.



El tirano interior.


La esclavitud perfecta es aquella que se disfraza de libertad. El trabajador contemporáneo no necesita capataz: se azota con metas propias, se encadena con horarios autoimpuestos, se castiga por no alcanzar estándares que él mismo diseñó. La obediencia externa mutó en obsesión interna. El amo desapareció del paisaje, pero su voz se instaló en la cabeza del esclavo.


Este fenómeno revela la paradoja fundamental del capitalismo tardío: mientras más libre se siente el sujeto, más eficaz es su sometimiento. El poder ya no necesita vigilar desde afuera; ha colonizado el interior del individuo. La disciplina foucaultiana se volvió autodisciplina, la coerción se transformó en autocoerción. El panóptico se miniaturizó hasta caber en la conciencia.


La clínica contemporánea recibe pacientes que no comprenden su malestar: "tengo todo para ser feliz, pero no lo soy". La depresión emerge como síntoma de una libertad que esclaviza, de una autonomía que oprime. El analista escucha el relato de vidas exitosas y almas devastadas, de triunfadores que han perdido la capacidad de desear más allá de rendir.


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