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Transformamos cada brote en laboratorio de escape. Las drogas no nos alejan de la humanidad; nos revelan su peso insoportable.




Botánicos del escape.


La universalidad del consumo psicoactivo revela una verdad incómoda: somos la única especie que sistemáticamente busca huir de su propia conciencia. Mientras otros animales usan plantas para curarse, nosotros las convertimos en portales hacia estados alterados. Esta constante antropológica desmiente el discurso contemporáneo que patologiza lo que en realidad es constitutivo: necesitamos químicos porque el lenguaje nos volvió inadaptados a nuestro propio cuerpo.


El fenómeno trasciende geografías y culturas con una consistencia que debería alarmarnos. Del opio asiático al peyote americano, de la ayahuasca amazónica al cannabis mediterráneo, cada civilización desarrolló su farmacia particular. No es casualidad sino necesidad estructural: el ser hablante requiere vacaciones de su propia humanidad. Las drogas no son desviación sino confesión colectiva de que existir conscientemente es insoportable sin intervalos químicos.


Solo en territorios donde la naturaleza no ofrece nada que fermentar, inhalar o masticar, encontramos sociedades sin tradiciones psicoactivas. Esta excepción confirma la regla: donde hay vida vegetal disponible, alguien ya experimentó cómo transformarla en escape temporal. No somos adictos por patología sino por condición: químicos naturales en busca de alteraciones que nos devuelvan momentáneamente la paz pre-simbólica perdida.


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Dioses deportivos que prometen superar la castración mediante tecnología de calzado.




Publicidad como superyó.


Las marcas deportivas fabrican mandamientos más eficaces que cualquier religión tradicional. "Impossible is Nothing" no es slogan sino imperativo categórico que reescribe la condición humana: donde antes había límites estructurales, ahora debe haber rendimiento infinito. Adidas vende zapatillas pero entrega cosmogonías completas, universos simbólicos donde la imposibilidad misma se convierte en obsolescencia técnica superable con el producto correcto.


Esta operación revela el genio perverso del capitalismo tardío: convertir la falta constitutiva en deficiencia corregible mediante consumo. Lo que el psicoanálisis identifica como castración estructural—esa imposibilidad que nos constituye como sujetos deseantes—el marketing lo reformula como problema de equipamiento insuficiente. Nike promete "Just do it" donde la experiencia humana enseña "Just can't do it all". Las marcas ocupan el lugar vacío del Nombre-del-Padre, legislando sobre posibilidades y límites.


El resultado es una generación que vive bajo mandatos publicitarios más tiránicos que cualquier padre tradicional. Estos nuevos superyós no prohíben, sino que exigen: exigen rendimiento, exigen satisfacción, exigen la trascendencia de toda limitación. Paradójicamente, la promesa de libertad total produce esclavitudes más sofisticadas, donde fracasar en ser omnipotente se vivencia como un defecto personal, más que como una condición universal.


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"Los que pierden ganan": cuando un niño dice lo imposible, nos está regalando la estructura completa de su verdad.




Échantillon: La muestra que revela el todo.


Un niño de siete años dice: "Los que pierden ganan". Su analista no lo corrige; escucha la lógica imposible que habita detrás de estas palabras. En esa frase aparentemente contradictoria reside toda una teoría del juego, de la familia, del lugar que ocupa en el deseo del Otro. Un échantillon —una muestra— que contiene la estructura completa del caso (Peusner, 2006, p. 68).


La paradoja fundamental: aquello que parece más insignificante puede ser lo más revelador. Mientras los adultos buscan coherencia, los niños ofrecen muestras de verdad en estado bruto. "¡Mirá, una araña!", grita otro niño durante la sesión, sabiendo perfectamente que no hay araña alguna. El analista que responde "¿Dónde?" y se da vuelta a mirar ha entendido que la verdad no reside en la exactitud factual sino en la posición enunciativa (p. 71).


Peusner (2006) propone que "la clínica psicoanalítica lacaniana con niños exige una teoría del sujeto que rechace el campo que, según Lacan, parece indispensable para la respiración mental del hombre moderno" (p. 23). Esto implica abandonar la lógica aristotélica que exige que algo no pueda ser y no ser al mismo tiempo. En el lenguaje infantil, los que pierden pueden ganar, y una araña inexistente puede convocarnos más poderosamente que cualquier realidad verificable.


La intervención analítica se apoya en la capacidad de leer estas muestras sin reducirlas a síntomas o déficits evolutivos. Cuando la analista responde "vos me lo decís y yo te creo" ante el relato de la araña invisible, está instalando la dimensión del lenguaje por encima de la contrastación empírica. No se trata de aceptar cualquier delirio sino de reconocer que en la clínica con niños opera una lógica diferente donde lo imposible puede ser la vía regia hacia la verdad del sujeto (Peusner, 2006, p. 72).


La experiencia analítica nos enseña que cada fragmento contiene el todo, que en cada échantillon se despliega la estructura completa del caso. El analista aprende a leer en lo pequeño la marca de lo grande, en lo aparentemente absurdo la lógica del inconsciente.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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