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Analistas de niños: conquistadores de lo imposible, inventores de técnicas, exploradores de fronteras móviles.


Frontera móvil: La clínica de niños como vanguardia.


Los analistas de niños viven en territorio inexplorado. Cada sesión exige "invenciones técnicas e instrumentales" que transforman los dispositivos de supervisión en "la frontera móvil de la conquista psicoanalítica", según observó Lacan en 1949. Mientras otros colegas aplican protocolos establecidos, quienes trabajan con niños navegan en aguas desconocidas donde las certezas teóricas naufragan ante un niño que juega en silencio o dibuja compulsivamente (Peusner, 2006, p. 13).


La paradoja desconcertante es que quienes parecen trabajar con los casos "más simples" enfrentan los desafíos teóricos más complejos. Un adulto llega, se sienta, asocia libremente. Un niño llega acompañado, trae la familia completa como síntoma, habla poco, juega mucho, y pone en cuestión cada concepto psicoanalítico clásico. ¿Cómo aplicar la asociación libre a quien prefiere construir torres? ¿Cómo interpretar sin palabras? ¿Cómo manejar la transferencia cuando participan múltiples actores?


Peusner (2006) subraya que esta práctica "requiere de flexibilidad técnica" porque "se le solicitan sin cesar invenciones técnicas e instrumentales" al analista. La frontera es móvil porque cada niño obliga a redefinir los límites de lo posible en psicoanálisis. No se trata de aplicar técnicas sino de inventarlas sobre la marcha. El analista de niños funciona como explorador de un territorio que se expande con cada paso, donde cada caso abre nuevas preguntas más que confirmar respuestas establecidas.


Esta posición de vanguardia explica por qué tantos analistas abandonan la clínica con niños justo cuando dominan sus particularidades. La frontera móvil exige una disponibilidad permanente para la sorpresa, una tolerancia al no-saber que no todos están dispuestos a sostener. Trabajar en la frontera significa aceptar que lo que sabemos hoy puede resultar insuficiente mañana, que cada niño renueva el desafío de reinventar el psicoanálisis.


La experiencia analítica nos enseña que las fronteras móviles no amenazan la consistencia teórica sino que la renuevan. Los analistas de niños no diluyen el psicoanálisis: lo expanden hacia territorios que el trabajo con adultos no puede alcanzar. En esa frontera se juega el futuro de la disciplina.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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Cuando las metáforas fallan, las moléculas prometen hacerse cargo. Pero ningún químico puede reparar lo que el lenguaje rompió.




Cuando las moléculas hablan más fuerte que las metáforas.


La palabra, ese instrumento privilegiado que nos distingue de otros animales, experimenta una derrota técnica en las adicciones. Como un dique que cede ante una inundación, el lenguaje pierde su capacidad regulatoria del goce y es sustituido por objetos químicos que prometen hacer mejor su trabajo. Esta sustitución no es accidental sino reveladora de una crisis más profunda: hemos llegado a un punto donde las moléculas sintetizadas en laboratorios resultan más eficaces que las metáforas construidas en milenios de cultura.


El fenómeno desnuda una paradoja devastadora de la condición humana contemporánea. Mientras desarrollamos sistemas lingüísticos cada vez más sofisticados—algoritmos, inteligencia artificial, redes semánticas—nuestros cuerpos individuales requieren bypass químicos para soportar la complejidad simbólica que nosotros mismos creamos. Como ingenieros que construyen puentes tan elaborados que necesitan helicópteros para cruzar el río, producimos lenguajes tan complejos que necesitamos drogas para habitarlos.


La clínica recibe los restos de esta operación histórica: sujetos cuyas palabras perdieron eficacia regulatoria sobre sus propias economías internas. Cada adicción testimonia el fracaso de un sistema simbólico particular, cada sustancia reemplaza una conversación que nunca pudo realizarse. No es que las drogas sean más potentes que las palabras; es que hemos vaciado las palabras de su potencia mientras llenamos las drogas de expectativas que ninguna molécula puede satisfacer.


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Adoramos residuos porque hemos perdido acceso a los objetos reales. El surplus se volvió sagrado cuando lo sustancial se volvió inaccesible.




El culto de lo excedente.


Vivimos tiempos donde los desechos han ascendido al altar de la adoración colectiva. Nuestra cultura ha invertido radicalmente las jerarquías tradicionales: lo que antes se descartaba después del consumo ahora se convierte en el objeto mismo del culto. Como sociedades que construyen templos con basura, elevamos a divinidades aquello que debería permanecer en los márgenes como residuo natural de toda actividad humana.


Esta operación revela algo perturbador sobre la economía libidinal contemporánea. El surplus no es accidental sino estructural: lo producimos deliberadamente para tener algo que adorar. Como coleccionistas obsesivos que acumulan envolturas vacías, desarrollamos rituales sofisticados alrededor de elementos que tradicionalmente no merecían atención. Los influencers que muestran sus desperdicios alimentarios, las marcas que venden productos diseñados para romperse, los festivales que celebran el despilfarro mismo: todo testimonia esta inversión cultural donde el exceso se ha vuelto sagrado.


La clínica recibe las consecuencias de esta adoración invertida: sujetos que han perdido la capacidad de distinguir entre lo esencial y lo superfluo, entre nutrición y desperdicio, entre deseo y acumulación compulsiva. Se drogan con los residuos de experiencias que nunca tuvieron completamente, convirtiendo las sobras en el plato principal de sus vidas emocionales.


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