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El niño que no puede sufrir su neurosis tranquilo, la sufrirá para siempre intranquilo.



El sufrimiento que no se medica: Cuando los niños hablan con sus síntomas.


Los niños contemporáneos sufren en tiempos de medicación masiva. Cada berrinche puede convertirse en trastorno de conducta, cada distracción en déficit atencional, cada tristeza en depresión infantil. Los adultos, armados con manuales diagnósticos y esperanzas farmacológicas, buscan desesperadamente silenciar lo que Peusner (2009) denomina "el sufrimiento de los niños" (p. 17). Pero este sufrimiento no es una patología a eliminar sino una estructura a descifrar, no un síntoma a medicar sino una palabra a escuchar.


La paradoja de nuestra época radica en que mientras más recursos tenemos para aliviar el sufrimiento infantil, menos toleramos su presencia. Los padres llegan al consultorio pidiendo la píldora mágica que devuelva la tranquilidad al hogar, como si el síntoma del niño fuera un accidente técnico corregible con la intervención adecuada. Sin embargo, como señala Peusner (2009), el sufrimiento porta un "equívoco gramatical" fundamental: los niños sufren pero también hacen sufrir (p. 17). Esta doble vertiente revela que el síntoma infantil no es un fenómeno aislado sino una formación que involucra a toda la constelación familiar.


El concepto de "sufrimiento de los niños" que desarrolla Peusner (2009) permite pensar la especificidad temporal de la infancia sin reducirla a un déficit o inmadurez. Se trata de un tiempo particular donde "la actualidad de un goce sexual localizado en el cuerpo" convive con "la anterioridad que éste supone en tanto no hay disponibilidad para su uso en relación al Otro" (p. 20). El niño puede pero debe esperar, dispone de un cuerpo sexuado pero carece de los medios simbólicos para ponerlo en juego con efectividad. Esta tensión temporal genera lo que podríamos llamar una "economía del diferimiento" que estructura toda la experiencia infantil.


La Organización Genital Infantil funciona como una "demanda de trabajo al aparato psíquico" (Peusner, 2009, p. 54) que pone en movimiento lo que el autor denomina "maquinaria permutativa". Las escenas que el niño despliega en su juego, sus dibujos, sus relatos y sus síntomas no son manifestaciones caóticas sino elaboraciones sistemáticas de esta cantidad que exige tramitación. Como afirma Peusner (2009), "las permutaciones no son infinitas, es decir, admiten un factorial" (p. 52), lo que significa que el sufrimiento infantil tiene estructura y, por tanto, final.


La clínica actual revela una paradoja inquietante: los niños que más sufren son aquellos a quienes se les impide sufrir. Cuando los adultos interrumpen prematuramente la elaboración sintomática mediante medicación o intervenciones conductuales, el aparato psíquico queda privado de sus recursos naturales de tramitación. El síntoma no desaparece sino que se cronifica, se desplaza o retorna bajo formas más complejas. La experiencia analítica enseña que el sufrimiento infantil no se cura sino que se analiza, no se elimina sino que se despliega hasta encontrar su punto de resolución estructural.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. JVE Editor.

Peusner, P. (2009). El sufrimiento de los niños (2ª ed.). JVE Editor.


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Los niños no necesitan que los entendamos; necesitan que entendamos que ellos entienden todo.




El niño que no retrocede ante el analista: Fundamentos de una clínica Imposible.


Los niños no piden análisis, no pagan sesiones y no respetan encuadres. Llegan al consultorio de la mano de adultos angustiados que esperan que el especialista "arregle" lo que la familia no puede controlar. Sin embargo, estos pequeños sujetos, aparentemente vulnerables e indefensos, poseen una capacidad extraordinaria para exponer la impostura de quienes pretenden educarlos. Como señala Peusner (2009), la clínica psicoanalítica lacaniana con niños se funda en un axioma paradójico: "no retroceder ante la psicosis" tiene su correlato en "no retroceder ante la infancia" (p. 86).


La paradoja contemporánea es devastadora: mientras los adultos desarrollan teorías cada vez más sofisticadas sobre el desarrollo infantil, los niños se vuelven progresivamente más enigmáticos. Los manuales de crianza se multiplican al mismo ritmo que los trastornos del comportamiento, las técnicas educativas se perfeccionan mientras las aulas se vuelven ingobernables. Cada nueva teoría sobre la mente infantil parece alejar más a los adultos de la comprensión real de lo que un niño experimenta. Es como si el saber acumulado funcionara como un muro entre generaciones, convirtiendo la infancia en un territorio extranjero para quienes alguna vez lo habitaron.


La propuesta de Peusner (2009) introduce una perspectiva radical: el niño no es un adulto en formación sino un sujeto que habita una estructura temporal específica. Su concepto de "sufrimiento de los niños" articula "la actualidad del goce sexual localizado en el cuerpo" con "la anterioridad temporal" que impide su uso efectivo (p. 20). Esta tensión entre poder y deber, entre disposición corporal y prohibición simbólica, genera lo que podríamos llamar una "economía libidinal del diferimiento" que caracteriza toda la experiencia infantil y que debe ser reconocida como tal por el analista.


El trabajo clínico revela que los niños poseen una relación privilegiada con lo imposible. Mientras los adultos desarrollan elaboradas defensas contra el encuentro con la castración, los niños la enfrentan cotidianamente a través de sus limitaciones corporales, sus dependencias estructurales y sus impotencias manifiestas. Peusner (2009) muestra que "el sufrimiento de los niños se analiza" (p. 36), lo que implica que no se trata de un estado a superar sino de una estructura a desplegar. La maquinaria permutativa que ponen en juego mediante sus juegos, relatos y síntomas constituye una verdadera elaboración teórica sobre los enigmas fundamentales de la existencia.


La experiencia analítica demuestra que los niños son los mejores analistas de sus propias familias. Detectan las fallas en el discurso adulto con precisión quirúrgica, exponen las contradicciones parentales sin piedad alguna y señalan las zonas de impostura con una eficacia que ningún profesional podría igualar. Su síntoma funciona como una interpretación viviente de los conflictos familiares no resueltos, convirtiendo su cuerpo en un texto que revela verdades que los adultos prefieren ignorar. El analista que trabaja con niños no educa ni corrige: aprende a leer lo que ya está escrito en la gramática sintomática de cada pequeño sujeto.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños. JVE Editor.

Peusner, P. (2009). El sufrimiento de los niños (2ª ed.). JVE Editor.


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Verdaderos encuentros: ya no sabés qué era tuyo. Immixtion lacaniana.



Immixtion: La mezcla imposible de separar.


Hay encuentros que nos cambian para siempre, pero no porque recibamos algo del otro sino porque ya no podemos distinguir qué era nuestro y qué era suyo. Como cuando mezclamos ketchup con mayonesa para hacer salsa golf: una vez combinados, resulta imposible separar los ingredientes originales. Lacan llamó immixtion a esta mezcla irreversible que se produce en la transferencia, donde analista y analizante se confunden hasta el punto de no saber quién dijo qué (Peusner, 2006, p. 33).


La paradoja fundamental es que cuanto más profundo es el análisis, menos clara se vuelve la frontera entre las dos personas presentes. Freud "olvidó" que había regalado un caballo de madera al pequeño Hans, y nueve meses después el niño desarrolló una fobia a los caballos. ¿Quién eligió al caballo como significante de la transferencia? ¿Fue casualidad o resultado de una mezcla que operaba más allá de la conciencia de ambos participantes?


Peusner (2006) señala que la transferencia "coincide con la desaparición de las personas en la sesión analítica" (p. 153). La immixtion no es confusión sino estructura: analista y analizante funcionan como nodos de una misma red significante. Cuando emerge algo nuevo en el discurso, ya no importa de qué boca salió porque pertenece al espacio intermedio creado por el encuentro. Las mejores interpretaciones sorprenden por igual a quien las formula y a quien las recibe.


Esta mezcla irreversible explica por qué ciertos análisis nos marcan más que otros, por qué algunos pacientes habitan nuestros sueños décadas después del alta. No se trata de contaminación sino de immixtion: hemos quedado mezclados en una red de significantes que ya no nos pertenece completamente. El inconsciente opera como estructura transindividual donde las posiciones subjetivas se entrelazan sin posibilidad de desmontaje posterior.


La experiencia analítica nos enseña que los encuentros auténticos no nos enriquecen sino que nos transforman: ya no somos quienes éramos antes de esa mezcla particular. La immixtion es la prueba de que algo real ocurrió en la transferencia, algo que excede la voluntad y la conciencia de los participantes.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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