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Entre sueño y vigilia, los niños hablan sin saber. Ahí nace el inconsciente.



Monólogo hypnopompique: Las palabras del umbral.


Entre el sueño y la vigilia existe un territorio extraño donde los niños muy pequeños despliegan soliloquios extraordinarios. Sin destinatario aparente, sin lógica reconocible, pero con una precisión que asombra a quienes logran capturarlos. Roman Jakobson suplicó durante diez años a sus estudiantes que pusieran grabadores en los cuartos infantiles hasta que finalmente alguien registró estos "monólogos primordiales" que Lacan llamó hypnopompiques: del estado de duermevela previo al despertar (Peusner, 2006, p. 128).


La paradoja desconcertante: estos monólogos solo emergen en soledad absoluta, pero revelan la estructura más social del lenguaje. Si hay alguien más en la habitación —hermano, padre, cualquier presencia humana— el fenómeno desaparece. Como si la Otra escena del inconsciente requiriera la ausencia de toda escena real para manifestarse. Los niños hablan en este umbral porque aún no han aprendido que el lenguaje "pertenece" a alguien.


Peusner (2006) subraya que estos monólogos ofrecen "la prueba experimental de la idea que siempre anticipé ante vosotros, que el inconsciente es esencialmente efecto del significante" (p. 131). Aquí se captura in statu nascendi el primer juego del significante, antes de que la educación instale la división entre emisor y receptor. El niño hypnopompique no habla para comunicar sino porque el lenguaje lo habla, como medium de una estructura que lo precede y lo determina.


Estos soliloquios del umbral revelan algo fundamental sobre la naturaleza del sujeto: no nacemos hablando sino siendo hablados. El monólogo hypnopompique es la evidencia más pura de que el inconsciente opera como discurso del Otro antes de que el yo se constituya como instancia represora. En estas palabras flotantes del duermevela escuchamos al significante en estado salvaje, anterior a toda domesticación pedagógica.


La experiencia analítica busca recuperar esta dimensión perdida: el momento en que las palabras nos sorprenden viniendo de ninguna parte. Cuando el analizante dice "no sé por qué se me ocurrió eso", está reencontrando la posición del niño hypnopompique que habla sin saber que habla.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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Las familias se abren como frutos maduros. La dehiscencia libera lo que ya no encuentra lugar.



Dehiscencia familiar: Cuando la familia se abre.


Las plantas conocen el momento exacto de abrirse para liberar sus semillas. Una dehiscencia perfecta: el fruto maduro se parte naturalmente para dar paso a nueva vida. Lacan tomó prestado este término de la botánica para nombrar algo inquietante que observaba en las familias de 1938: "una separación del grupo familiar en el seno de la sociedad" que producía los efectos psicopatológicos más diversos. No se trataba de divorcio o muerte, sino de algo más sutil: la apertura espontánea de la estructura familiar (Peusner, 2006, p. 148).


La paradoja desconcertante es que esta apertura familiar coincide con el momento de mayor cohesión aparente. La abuela que dice "estoy a la cabeza" mientras el padre afirma "yo me hice cargo"; el mismo niño autorizado por la abuela a desautorizar al padre que le dice a su novia "no te encariñes con mi hijo". Una familia que habla como si estuviera unida mientras se desarticula por dentro. La dehiscencia no es ruptura violenta sino separación natural de elementos que ya no pueden mantenerse unidos.


Peusner (2006) rastrea este fenómeno en las tensiones edípicas: "Los efectos psicopatológicos en su mayoría cuando no en su totalidad, en que se revelan las tensiones surgidas del edipismo, nos llevan a pensar que expresan una dehiscencia del grupo familiar" (p. 148). No es que las familias se destruyan sino que se abren, como frutos demasiado maduros. La función organizadora del padre declina y los lazos simbólicos se aflojan hasta que cada miembro queda flotando en posiciones imposibles de sostener.


Esta apertura familiar produce un efecto específico: los lugares se intercambian sin orden aparente. El niño que le dice "mamá" a la abuela, el padre que fue "padre y madre a la vez", el abuelo que fue "más padre que abuelo". Como si los significantes familiares se hubieran desprendido de sus referentes naturales y circularan libremente, buscando nuevas articulaciones. La dehiscencia libera elementos que ya no saben dónde alojarse.


La experiencia analítica nos enseña a leer estos síntomas no como patología sino como apertura necesaria de estructuras demasiado rígidas. Cuando una familia consulta por su hijo, a menudo descubrimos que el niño es el síntoma de una dehiscencia que ya estaba operando. Su malestar señala el punto donde la estructura familiar necesita abrirse para encontrar nuevas formas de anudamiento.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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Hay dolor sin culpables: el sufrimiento objetivo que emerge de la estructura misma del existir familiar.



Sufrimiento objetivo: Lo que duele sin culpables.


Hay un dolor que no pertenece a nadie pero afecta a todos. Los padres llegan a la consulta buscando culpables para el malestar de su hijo: ellos mismos, la escuela, la sociedad, la genética. Sin embargo, Peusner introduce una categoría perturbadora: el "sufrimiento objetivo", esa zona de malestar que emerge no de errores individuales sino de la estructura misma del lazo familiar. Lo imposible de educar, la inconsistencia del saber, el hiato irreductible entre lo esperado y lo obtenido en un hijo (Peusner, 2006, p. 147).


La paradoja desconcertante es que este sufrimiento se intensifica precisamente cuando los padres "hacen todo bien". Educan con amor, consultan especialistas, siguen protocolos, y sin embargo algo insiste en no funcionar. Como si existiera una zona de lo real que se resiste a toda buena voluntad pedagógica. El sufrimiento objetivo no admite responsables porque precede a cualquier decisión particular: es el precio de estructura que paga toda familia por existir como tal.


Peusner (2006) identifica tres manifestaciones fundamentales de esta dimensión objetiva: lo imposible de educar que se presenta cuando los padres verifican que sus mejores esfuerzos no alcanzan; la inconsistencia del saber que emerge cuando se transforma lo imposible estructural en impotencia personal; y el sufrimiento narcisista que surge de la diferencia irreductible entre la fantasía del hijo esperado y la realidad del hijo obtenido. Estos tres elementos configuran un núcleo de malestar que excede cualquier intervención particular.


Este concepto original permite distinguir entre el sufrimiento neurótico —que busca culpables y responsables— y el sufrimiento objetivo que simplemente se presenta como condición de la existencia familiar. No se trata de resignación sino de ubicación precisa: hay zonas del malestar humano que no responden a la lógica de la reparación porque no son fallas sino estructura. El reconocimiento de esta dimensión objetiva libera a las familias de la búsqueda obsesiva de culpables y permite enfocar el trabajo en lo que sí puede modificarse.


La experiencia analítica nos enseña que gran parte del alivio proviene no de resolver el sufrimiento objetivo sino de nombrarlo correctamente. Cuando los padres pueden distinguir entre lo que les compete y lo que pertenece a la estructura, paradójicamente recuperan su capacidad de intervención en los aspectos efectivamente modificables del lazo familiar.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


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