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La sobredosis más peligrosa no es química sino existencial: creer que podemos eliminar para siempre la falta que nos constituye.




La sobredosis de lo absoluto.


Existe una intoxicación más mortal que cualquier sustancia: la fantasía de que podemos experimentar el Todo. Mientras las sobredosis químicas colapsan sistemas orgánicos, la "alloverdosis" ("All-overdose" = Sobredosis del Todo) colapsa la estructura misma del deseo que nos mantiene vivos como sujetos. Esta alloverdosis existencial no mata el cuerpo sino algo peor: mata la falta que nos permite seguir deseando, buscando, viviendo en la incompletud que nos define como humanos.


La alloverdosis revela el núcleo mortífero del capitalismo tardío: no vende objetos sino la promesa de saturación total. Como niños que creen poder comerse toda la dulcería, los sujetos contemporáneos persiguen experiencias que prometen agotar definitivamente el hambre existencial. Pero el hambre no es problema a resolver sino condición a habitar. Cuando prometemos eliminarlo completamente, producimos monstruos: sujetos que han perdido la capacidad de desear porque creen haber encontrado fórmulas para la satisfacción absoluta.


La clínica recibe víctimas de esta sobredosis conceptual: personas que consumieron tanto la idea de plenitud que perdieron acceso a placeres parciales, encuentros imperfectos, satisfacciones incompletas que constituyen la textura real de la vida humana. Han overdoseado de infinito y ya no saben habitar lo finito que somos.


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La muerte de dios nos dejó huérfanos químicos. Buscamos en las drogas los límites que las autoridades muertas ya no pueden trazar.




Libertad sin límites, cuerpos en cadenas.


La caída de las autoridades tradicionales prometía liberarnos de opresiones milenarias, pero nos entregó a tiranías más sutiles y omnipresentes. Donde antes un padre, un dios o una ley marcaban fronteras claras—dolorosas pero navegables—ahora habitamos un desierto de posibilidades infinitas que paradójicamente nos paraliza. Sin coordenadas simbólicas que organicen el deseo, los cuerpos buscan desesperadamente en la química los límites que la cultura dejó de proporcionar.


Esta operación revela una verdad clínica devastadora: la libertad absoluta no libera sino que esclaviza de maneras más refinadas. Como niños en una juguetería infinita, la ausencia total de restricciones no produce alegría sino angustia insoportable. Los sujetos contemporáneos no celebran la caída de prohibiciones; se drogan para soportar el vértigo de un mundo donde "todo está permitido" significa que nada está verdaderamente orientado. Las sustancias funcionan como prótesis de límites que autoridades difuntas solían proporcionar.


La clínica recibe los restos de esta operación histórica: sujetos que consumen estructuras químicas porque perdieron acceso a estructuras simbólicas. Cada adicción testimonia el fracaso de un ideal, cada dosis recuerda un padre que no supo decir "no" en el momento preciso. No es casualidad que las generaciones más "libres" de la historia sean también las más medicadas: la libertad sin coordenadas produce cuerpos que necesitan químicos para soportar su propia indeterminación.


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Drogamos la tristeza en lugar de cambiar las condiciones que la producen. Euforia química: confesión de vidas que no dan motivos reales para la alegría.




Euforia sin motivo.


Las sustancias festivas revelan la pobreza celebratoria de nuestro tiempo. Cuando las circunstancias no justifican alegría, la química la fabrica por decreto farmacológico. MDMA, cocaína y anfetaminas construyen artificialmente los estados que antes emergían de acontecimientos reales: triunfos compartidos, encuentros amorosos, logros colectivos. Hoy celebramos la celebración misma, vaciada de contenido pero inflada químicamente hasta simular plenitud.


Esta demanda eufórica denuncia un déficit estructural: vivimos vidas que no generan motivos auténticos de gozo. Como actores que necesitan estimulantes para interpretar personajes felices, recurrimos a drogas que nos permitan sentir lo que nuestras existencias concretas no proporcionan. La paradoja es brutal: químicos diseñados para intensificar experiencias extraordinarias ahora compensan la ausencia de experiencias dignas de intensificación.


El fenómeno revela cómo el capitalismo tardío produjo sujetos que deben consumir sus propios estados emocionales. Ya no esperamos que la vida nos provea razones para la alegría; compramos directamente la alegría desconectada de sus causas naturales. Las fiestas contemporáneas son laboratorios donde se experimenta con humores artificiales, simulacros de celebración que confirman precisamente la ausencia de aquello que merecería ser celebrado.


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