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El poder simbólico de la palabra trasciende su función comunicativa: es presencia que ilumina, que transforma lo ominoso en habitable. No es el contenido del decir lo que sostiene, sino el acto mismo de la enunciación como testimonio de presencia. La voz del Otro opera como un faro en la oscuridad, no por lo que dice, sino por el hecho mismo de su emergencia en el vacío.


El lenguaje revela aquí su función más fundamental: la de crear puentes entre soledades, la de convertir el espacio amenazante de la ausencia en territorio habitable. La palabra funciona como organizador de la experiencia, como constructor de realidad psíquica. No transmite simplemente información: establece las coordenadas mismas de lo posible, de lo pensable, de lo vivible.


En este fenómeno se condensa la verdad más profunda sobre la función del lenguaje en la constitución subjetiva: su capacidad de transformar la realidad por el mero acto de nombrarla, de hacer presente lo ausente, de convertir el caos en cosmos. La palabra no solo describe el mundo: lo crea, lo organiza, lo hace habitable. Es luz que no solo ilumina, sino que constituye lo iluminado.


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En el principio ya existía el Verbo (Juan 1:1)


 
 
 


Existe una forma sutil de dominación que se disfraza de entrega absoluta: convertir la propia disponibilidad en una cadena que ata al otro. El sujeto que se hace imprescindible no está dando, está capturando. Bajo la máscara de la generosidad infinita, se esconde una estrategia de control que convierte la dependencia del otro en justificación de la propia existencia.


Esta posición sacrificial no solo asfixia al otro sino que funciona como una resistencia contra el propio devenir. Al construir nuestra identidad alrededor de ser indispensables para otros, erigimos una fortaleza contra nuestro propio desarrollo. Las limitaciones que nos imponemos, disfrazadas de virtud y sacrificio, se convierten en obstáculos no solo para nuestro crecimiento sino para la libertad de quienes decimos amar.


La verdadera disponibilidad paradójicamente requiere la capacidad de no ser necesario. Solo cuando renunciamos a la fantasía de ser imprescindibles, cuando asumimos el riesgo de ser prescindibles, podemos realmente estar presentes para el otro sin convertir nuestra presencia en una prisión. Ser uno mismo implica permitir que el otro también lo sea.


 
 
 


La risa verdadera no es simplemente una válvula de escape emocional, como nos quiere hacer creer la industria del entretenimiento. Es un acontecimiento que sacude los cimientos mismos de nuestra construcción subjetiva. En ese instante de pérdida de control, cuando la risa nos posee, algo de nuestras certezas más arraigadas se tambalea. El yo racional, ese que creemos gobernar, se revela en su precariedad.


Este momento de insurgencia corporal contra nuestras defensas habituales tiene algo de revelador: nos muestra que no somos quienes creemos ser. La risa auténtica rompe con la ilusión de autocontrol, con la fantasía de coherencia que sostiene nuestra imagen. Es un recordatorio involuntario de que hay algo en nosotros que escapa a nuestro dominio, que se rebela contra nuestros intentos de mantener una fachada de seriedad y control.


Por eso la risa verdadera tiene algo de revolucionario: no solo desafía el orden social establecido, sino que subvierte nuestro propio orden interno. En ese instante de abandono al goce de la risa, somos momentáneamente liberados de la tiranía de nuestras identificaciones, de nuestros roles asumidos, de nuestras máscaras cotidianas.


 
 
 
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