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Paz sin rostros

10 ene
1 min de lectura

Actualizado: hace 2 días




La paz de los imperios es un campo de batalla con flores. Por encima crecen tratados y monedas comunes; por debajo, las raíces se nutren de identidades trituradas. Los acuerdos entre estados dibujan fronteras nuevas mientras borran rostros antiguos. Sonreímos ante la arquitectura del orden mientras olvidamos que cada ladrillo fue antes una voz singular.


Existe una paradoja fundamental: la totalidad pacificadora opera mediante la misma violencia que pretende superar. El Estado reconcilia abstracciones mientras sacrifica concreciones. La guerra visible termina, pero comienza otra invisible: aquella que uniforma lo heterogéneo bajo el mismo sello administrativo. La identidad perdida en la guerra no regresa con la firma de la paz; se transforma en estadística, en ciudadanía numerada.

El sujeto contemporáneo habita esta contradicción cambiando libertad por seguridad. Acepta su rol como fragmento funcional del sistema mientras sus exigencias infinitas se disuelven en protocolos finitos. Cada mañana entrega su rostro único para recibir una máscara institucional. Reconciliados en la superficie, permanecemos extranjeros de nosotros mismos, ciudadanos de un imperio que pacifica territorios pero no restaura almas. Lectura Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI

 
 
 

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