Lo que se rompe también sostiene

Soplamos la burbuja la que sea sabiendo que estallará. Seguir soplándola con fuerza no es ingenuidad: es la manera más honesta de habitar el tiempo que tenemos.
Buscamos sentirnos seguros: en el cuerpo que no falla, en la pareja que no se va, en el trabajo que no desaparece. Levantamos rutinas, seguros y certezas como si fueran muros. Cuanto más solidez creemos necesitar, más energía gastamos evitando el roce con lo imprevisto, que tarde o temprano llega.
¿Pero esa solidez protege tanto como promete? Basta una pérdida, un diagnóstico o una ruptura para que el edificio entero tiemble: cuanto más rígida es la estructura, más catastrófico es el quiebre cuando finalmente llega. Quien se blinda contra la fragilidad no la elimina; solo la pospone y la vuelve más violenta cuando irrumpe sin permiso.
La experiencia analítica muestra lo contrario de lo esperado: quienes llegan reconociendo su fractura sostienen mejor las crisis que quienes llegan convencidos de su solidez. No porque el dolor sea deseable, sino porque la grieta ya reconocida deja de gastar energía en negarse. Ahí, en ese reconocimiento, empieza a abrirse un espacio donde algo distinto puede construirse.
Lectura
Ruti, M. (2009). A world of fragile things: Psychoanalysis and the art of living (pp. 1–2). State University of New York Press.





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