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El que no vuelve a casa.

hace 2 días
2 min de lectura


Ulises vuelve siempre. Abraham, nunca. Solo uno de los dos encontró realmente al otro.

Todos partimos creyendo que el regreso es posible. Guardamos la llave, memorizamos la dirección, llevamos dentro un mapa de lo que somos y de dónde venimos. Llamamos a eso apertura: salir al mundo, rozar lo desconocido, cruzar fronteras. Pero la apertura que imaginamos siempre tiene forma de ida y vuelta. Ulises es nuestro modelo secreto: cruza mares, enfrenta cíclopes, resiste sirenas, porque en el fondo nunca dejó de ser el rey de Ítaca. La aventura no lo transforma; lo confirma. El viaje, en ese esquema, no es un encuentro con lo otro: es un espejo que uno lleva consigo.

Basta con mirar lo que ese esquema produce para notar algo que no cierra: el viajero que regresa intacto no ha tocado nada exterior. Ha girado. La razón que sale de sí misma para volver a sí misma, enriquecida y confirmada, no ha encontrado al otro: lo ha administrado. Ha convertido la diferencia en experiencia propia, lo extraño en anécdota, lo irreductible en material de crecimiento. Cada encuentro con lo distinto se procesa hasta que cabe en la mochila de regreso. Y así, cuanto más viaja el sujeto moderno, más ligero lleva al otro: reducido, clasificado, asimilado. La apertura se vuelve la forma más elegante del cierre.

Frente a Ulises, hay otra figura. Abraham abandona su tierra definitivamente hacia lo nuevo e ignoto, no para explorar y volver, sino para disolver el retorno como posibilidad. No hay Ítaca esperando. No hay identidad que recuperar al final. Este movimiento exige algo que el esquema del viajero no contempla: asumir la originalidad irreductible del otro. No su diferencia como dato, sino su alteridad como desafío que no puede resolverse sin violencia. Pensar desde ahí implica abandonar la idea de que comprender es siempre reducir lo nuevo a categorías ya disponibles. El otro no cabe en la mochila.

Lo que está en juego no es solo una postura filosófica: es una forma de habitar el encuentro. Abrirse al otro genuinamente implica no saber si podrás, o querrás, regresar siendo la misma persona. Implica aceptar que el encuentro transforma sin pedir permiso, que la identidad no es un punto de partida que se recupera sino un proceso que el otro interrumpe. Quien orbita perpetuamente sobre sí mismo —quien viaja sin soltar la llave— no toca jamás nada exterior. Toca, en el mejor de los casos, la superficie de lo otro: suficiente para decir que estuvo ahí, no para que eso importe.

Vivimos en una época que celebra la apertura como virtud pero organiza cada encuentro para que no duela, para que no cambie nada fundamental, para que el yo regrese reconocible. Las plataformas confirman lo que ya pensamos. Los viajes nos devuelven con fotos pero sin fisuras. La empatía que practicamos permite sentir al otro sin ser alterados por él. La condición humana contemporánea ha perfeccionado el arte de abrirse sin exponerse, de salir sin partir, de encontrarse sin dejarse tocar. La filosofía pregunta si eso puede todavía llamarse encuentro; o si no es, más bien, la soledad más sofisticada que hemos construido.

Lectura

Levinas, E. (2003). De otro modo que ser, o más allá de la esencia (A. Pintor-Ramos, Trad.). Sígueme. (Obra original publicada en 1974)

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