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Cerca no es lo mismo que próximo.

hace 2 días
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Actualizado: hace 2 días

Proximidad no es distancia reducida. Es el otro que te asigna responsabilidad antes de que decidas si quieres recibirlo.



Pensamos la proximidad como una cuestión de distancia física mensurable. Estar cerca es ocupar el mismo espacio, compartir la misma ciudad, la misma mesa, el mismo cuerpo en un cuarto oscuro. La tecnología ha refinado esta intuición hasta el límite: podemos estar en contacto permanente con alguien al otro lado del planeta en tiempo real, sin desfase perceptible. La cercanía se mide en kilómetros, en segundos de respuesta, en notificaciones recibidas al instante con una precisión antes inimaginable. Cuanto menor la distancia física o digital, mayor la proximidad. Parece una ecuación razonable que nadie siente necesario cuestionar demasiado.

Ahí aparece algo que no cierra: hay personas que duermen a nuestro lado y están a años luz de distancia real, y hay desconocidos que nos conmueven hasta el hueso con un solo gesto visto de pasada en la calle. La contigüidad espacial no produce proximidad: la produce el otro en tanto que me incumbe sin haberlo yo decidido, en tanto que su situación me afecta antes de que yo haya elegido ser afectado. La proximidad no es una medida del espacio sino una demanda que el otro me dirige antes de que yo sepa cómo responder a ella con alguna sensatez.

Esta proximidad no se construye mediante un proceso gradual y voluntario de acercamiento: se descubre ya dada, ya operando antes de cualquier elección deliberada. El prójimo me concierne con anterioridad a toda relación que yo haya elegido entablar, con anterioridad incluso a la representación que me formo de él como persona con historia. No lo convoco: me encuentra sin aviso previo alguno. Y su singularidad, que ningún a priori puede anticipar, me asigna antes de que yo la haya identificado o aceptado conscientemente. La proximidad llega siempre antes de que uno esté listo para recibirla sin perturbarse demasiado.

De aquí se sigue algo incómodo: la responsabilidad hacia el prójimo no tiene límites proporcionados a mis fuerzas ni a mis preferencias personales. Si la proximidad no depende de mi elección sino de la asignación que el otro me dirige, entonces no puedo recortarla ajustándola a lo que me parece razonable desde mi posición cómoda. La lógica de la proximidad es excesiva por naturaleza: siempre en deuda con el otro, nunca suficientemente responsable. El otro siempre exige más de lo que soy capaz de dar, y esa desproporción constitutiva no es un accidente sino la estructura misma del vínculo humano genuino.

En una época que contabiliza las relaciones según su utilidad y gestiona el contacto humano con criterios de eficiencia y rentabilidad emocional medibles, la pregunta por la proximidad se vuelve urgentemente política. El espacio urbano, el algoritmo de redes sociales, los sistemas de frontera y deportación: todos son tecnologías de regulación de la proximidad, formas de decidir a quién dejamos que se vuelva prójimo y a quién mantenemos a distancia administrable y sin costo visible. La reflexión filosófica nos recuerda que esa regulación tiene siempre un costo ético que pocas veces queremos calcular con honestidad real.


Lectura Levinas, E. (2003). De otro modo que ser, o más allá de la esencia (A. Pintor-Ramos, Trad.). Sígueme. (Obra original publicada en 1974)

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