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13 ene 2025
1 min de lectura


El malestar en la cultura ha sufrido una mutación radical: ya no enfrentamos la vieja neurosis freudiana basada en la represión del deseo, sino algo más perverso - la obligación de gozar. El superyó contemporáneo no prohíbe, ordena: "¡Debes disfrutar!", "¡Tienes que pasarla bien!", "¡No puedes perderte nada!". Este mandato de goce perpetuo se vuelve más asfixiante que cualquier prohibición.


El adicto encarna la versión más extrema y dolorosa de esta nueva subjetividad. No es quien transgrede la ley, sino quien obedece demasiado bien el imperativo social del goce sin límites. Su sufrimiento revela la paradoja de nuestra época: mientras más se persigue el goce como obligación, más se aleja la posibilidad del placer verdadero. La adicción se convierte así en el paradigma de un goce que no hace lazo social, que no produce satisfacción real.


La clínica contemporánea debe confrontar esta nueva forma de malestar. Ya no se trata de liberar el deseo reprimido, sino de liberarnos del mandato imposible del goce perpetuo. El verdadero acto analítico hoy consiste en restaurar la posibilidad de un deseo que no esté sometido a la tiranía del goce obligatorio, que pueda incluir la falta y el límite como dimensiones constitutivas de la subjetividad.



 
 
 
13 ene 2025
1 min de lectura


La clínica contemporánea nos confronta con un nuevo tipo de sufrimiento: el del sujeto que ha aprendido a relacionarse más con objetos que con personas. No es una elección accidental sino el producto de una época que privilegia la satisfacción inmediata del consumo por sobre la complejidad del encuentro humano. Los objetos, después de todo, no decepcionan: están ahí, disponibles, predecibles, sin la inquietante alteridad del otro.


Esta preferencia por el objeto sobre el vínculo revela una estrategia defensiva cada vez más común: ante la angustia que genera la imprevisibilidad del encuentro con otro, se opta por la seguridad del objeto de consumo. El mercado alimenta esta tendencia ofreciendo una promesa seductora: cada malestar puede ser resuelto con la adquisición correcta. El otro humano, con su irreductible diferencia, queda relegado a un segundo plano.


Pero el precio de esta elección es alto: mientras los objetos pueden calmar momentáneamente la angustia, solo el vínculo con otros puede ofrecer la posibilidad de una transformación subjetiva real. La acumulación de objetos se revela como un callejón sin salida, una promesa de satisfacción que siempre queda pendiente, mientras la capacidad misma de vincularse se atrofia bajo el peso de las posesiones.


 
 
 
11 ene 2025
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La fantasía contemporánea de la completitud nos vende una mentira fundamental: que la buena vida consiste en tenerlo todo, en llenar cada vacío, en satisfacer cada necesidad. Es la ilusión de que existe un punto de llegada donde el deseo finalmente se aquieta. Pero la mente humana no funciona por necesidad como una máquina que requiere combustible; opera por deseo, ese motor perpetuo que se alimenta precisamente de lo que no tiene.


El deseo es siempre deseo de otra cosa, de lo que falta. No es una carencia que pueda ser colmada, sino una fuerza que emerge precisamente de la diferencia entre lo que tenemos y lo que queremos. Esta brecha no es un defecto a corregir sino el espacio mismo donde surge la vitalidad. El deseo pulsa, empuja, moviliza precisamente porque nunca encuentra su objeto definitivo.


La verdadera plenitud, entonces, no consiste en tenerlo todo - proyecto imposible y alienante - sino en reconocer y abrazar aquello que nos falta. Una vida plena no es una vida completa, sino una vida que sabe nombrar sus ausencias, que puede habitar sus vacíos sin desesperación, que encuentra en la falta misma la fuente de su movimiento y su sentido.


 
 
 

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