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Cuando la familia se abre.

Las familias se abren como frutos maduros. La dehiscencia libera lo que ya no encuentra lugar.



Dehiscencia familiar: Cuando la familia se abre.


Las plantas conocen el momento exacto de abrirse para liberar sus semillas. Una dehiscencia perfecta: el fruto maduro se parte naturalmente para dar paso a nueva vida. Lacan tomó prestado este término de la botánica para nombrar algo inquietante que observaba en las familias de 1938: "una separación del grupo familiar en el seno de la sociedad" que producía los efectos psicopatológicos más diversos. No se trataba de divorcio o muerte, sino de algo más sutil: la apertura espontánea de la estructura familiar (Peusner, 2006, p. 148).


La paradoja desconcertante es que esta apertura familiar coincide con el momento de mayor cohesión aparente. La abuela que dice "estoy a la cabeza" mientras el padre afirma "yo me hice cargo"; el mismo niño autorizado por la abuela a desautorizar al padre que le dice a su novia "no te encariñes con mi hijo". Una familia que habla como si estuviera unida mientras se desarticula por dentro. La dehiscencia no es ruptura violenta sino separación natural de elementos que ya no pueden mantenerse unidos.


Peusner (2006) rastrea este fenómeno en las tensiones edípicas: "Los efectos psicopatológicos en su mayoría cuando no en su totalidad, en que se revelan las tensiones surgidas del edipismo, nos llevan a pensar que expresan una dehiscencia del grupo familiar" (p. 148). No es que las familias se destruyan sino que se abren, como frutos demasiado maduros. La función organizadora del padre declina y los lazos simbólicos se aflojan hasta que cada miembro queda flotando en posiciones imposibles de sostener.


Esta apertura familiar produce un efecto específico: los lugares se intercambian sin orden aparente. El niño que le dice "mamá" a la abuela, el padre que fue "padre y madre a la vez", el abuelo que fue "más padre que abuelo". Como si los significantes familiares se hubieran desprendido de sus referentes naturales y circularan libremente, buscando nuevas articulaciones. La dehiscencia libera elementos que ya no saben dónde alojarse.


La experiencia analítica nos enseña a leer estos síntomas no como patología sino como apertura necesaria de estructuras demasiado rígidas. Cuando una familia consulta por su hijo, a menudo descubrimos que el niño es el síntoma de una dehiscencia que ya estaba operando. Su malestar señala el punto donde la estructura familiar necesita abrirse para encontrar nuevas formas de anudamiento.


Referencias


Peusner, P. (2006). Fundamentos de la clínica psicoanalítica lacaniana con niños: De la interpretación a la transferencia. Letra Viva.


Psicoterapia
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