top of page


La clínica actual se enfrenta a una paradoja central: mientras el sujeto contemporáneo exige respuestas rápidas y certezas inmediatas, el psicoanálisis persiste en la apuesta por la pregunta. No cualquier pregunta, sino aquella que erosiona lo sabido, desarma la defensa y abre un vacío fértil. La práctica psicoanalítica no busca resolver enigmas, sino sostenerlos: el inconsciente no es un depósito de verdades ocultas, sino un campo de fuerzas donde cada versión de la historia puede ser animada por un deseo de saber.


El mayor desafío del analista hoy no es interpretar, sino preguntar de un modo que despierte el anhelo de otra versión. No se trata de ofrecer sentido, sino de encender la inquietud que lo hace vacilar. Hay quienes buscan en la cura analítica una pacificación, pero el trabajo del analista es otro: sostener la tensión, hacer del síntoma un problema interesante, del relato un enigma aún por contarse.


Actualmente, el mercado exige narrativas homogéneas y coherentes: el psicoanálisis responde con el arte de avivar las versiones. En tiempos de respuestas preempacadas, el analista encarna una posición ética: aquella que devuelve al sujeto su pregunta.


 
 
 

Actualizado: 20 jul 2025

Llegamos pidiendo reparación rápida. Salimos convertidos en arqueólogos de nuestro propio dolor. La curación verdadera siempre requiere excavación.



Más allá de la felicidad perpetua.


La clínica analítica revela una verdad incómoda: buscamos la terapia para eliminar síntomas, pero su verdadero valor emerge cuando abandonamos esta fantasía de cura absoluta. El paciente llega pidiendo alivio inmediato y descubre un laboratorio de autoconocimiento; como quien entra a un hospital por una fractura y termina sometido a un estudio completo de su organismo. La terapia efectiva opera en esta paradoja: alivia el síntoma mientras expone sus raíces en terrenos más profundos.


La práctica analítica funciona como un microcosmos relacional: allí donde el paciente reproduce sus patrones vinculares, encuentra también la posibilidad de transformarlos. Las defensas que una vez protegieron ahora asfixian; las narrativas que antes estructuraban ahora limitan. Es precisamente en este espacio liminal donde surge la agencia: no como dominio absoluto sobre uno mismo, sino como capacidad para habitar la ambigüedad sin desintegrarse.


La gestión de emociones revela otra paradoja fundamental: sentir plenamente requiere cierta distancia de los sentimientos. En la clínica observamos cómo pacientes que huyen del dolor terminan anestesiados ante toda experiencia. La terapia no nos hace inmunes al sufrimiento: nos enseña a convertirlo en materia prima para dar sentido.


Psicoterapia
60
Reservar ahora

 
 
 

Actualizado: 20 jul 2025

Queremos ser únicos pero no solos. La diferencia nos define hasta que otros la usan para excluirnos.



El espejo roto.

Buscamos ser únicos pero no solitarios, especiales pero no extraños. Esta tensión fundamental define al sujeto contemporáneo: queremos diferenciarnos sin ser rechazados, destacar sin ser excluidos. Como funambulistas emocionales, caminamos por la cuerda floja entre la originalidad y la pertenencia, sabiendo que cualquier paso en falso puede costarnos el equilibrio.


La diferenciación saludable – ese "yo no soy como tú" necesario para la estructuración psíquica – se pervierte cuando incorpora jerarquías de valor. Paradójicamente, el mismo mecanismo que nos permite definirnos como sujetos singulares puede convertirse en instrumento de dominación. El límite protector se transforma en muro excluyente cuando la diferencia deja de ser descriptiva para volverse prescriptiva.


La clínica contemporánea revela cómo los marginados desarrollan una mirada bifurcada: se ven simultáneamente desde su propia perspectiva y desde el espejo deformante del prejuicio social. Esta doble conciencia genera un sufrimiento particular: no solo cargan con la exclusión externa, sino con la mirada internalizada que los juzga desde adentro.


Psicoterapia
60
Reservar ahora

 
 
 
bottom of page