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Acompañantes terapéuticos (1)

La adicción como administración: goce sin Otro, síntoma sin llamado.

Introducción


El presente documento constituye una herramienta de formación y reflexión destinada a profesionales y técnicos que desempeñan funciones de acompañamiento terapéutico con personas en proceso de recuperación de adicciones. Su objetivo es promover el pensamiento crítico sobre la práctica cotidiana, articulando aportes teóricos del psicoanálisis contemporáneo con las exigencias concretas del trabajo de campo.


Los diez puntos que se desarrollan a continuación no pretenden establecer protocolos rígidos ni respuestas definitivas. Por el contrario, buscan funcionar como disparadores para la discusión grupal y la supervisión, facilitando la elaboración colectiva del saber que se produce en la experiencia clínica. Cada punto presenta una idea central derivada de la lectura del texto fuente, seguida de preguntas orientadoras para el intercambio y una síntesis conceptual en formato breve.

La fundamentación teórica de estas reflexiones proviene del trabajo de Rik Loose sobre los síntomas modernos y sus formas de administración, un texto que ofrece herramientas conceptuales valiosas para comprender la función subjetiva de la adicción más allá de los enfoques exclusivamente médicos o conductuales. Se recomienda la lectura del material original para profundizar en las elaboraciones aquí presentadas.

El acompañamiento terapéutico ocupa un lugar estratégico en el dispositivo de tratamiento de las adicciones. La proximidad con lo cotidiano, la continuidad del vínculo y la presencia sostenida en momentos críticos hacen de esta función un espacio privilegiado tanto para la observación clínica como para intervenciones de alto impacto. Estas reflexiones aspiran a jerarquizar ese saber que se construye en la práctica, promoviendo su articulación con marcos conceptuales que permitan pensarlo y transmitirlo.

1. La adicción como forma de arreglárselas


Solemos pensar la adicción como algo que le pasa a alguien, como si la persona fuera víctima pasiva de una sustancia. Pero hay otra forma de verlo: la adicción es también una manera de arreglárselas con algo difícil de la vida. No es la mejor manera, claro, pero es una manera. La persona encontró en la sustancia una solución a un problema que quizás ni siquiera sabe nombrar.


Esto cambia nuestra posición como acompañantes. Si la adicción resuelve algo, no alcanza con quitarla; hay que preguntarse qué resolvía. Cuando alguien deja de consumir pero no encuentra otra forma de manejar aquello que la droga manejaba, la recaída se vuelve casi inevitable. No porque sea débil, sino porque le sacamos la solución sin ayudarle a construir otra.


Preguntas para discutir:


  • ¿Qué problema resuelve la sustancia para cada persona que acompañamos?

  • ¿Hemos podido identificar qué es lo que la droga "hace bien" para esa persona?

  • ¿Cómo podemos ayudar a construir otras formas de arreglárselas sin imponer las nuestras?


O1: "La adicción será siempre tener que ser situada dentro de una estructura neurótica, psicótica o perversa... no existe adicción sin diagnóstico dual." [Loose, 2011, p. 13]

A2: La adicción no es el problema: es la solución fallida a un problema sin nombre. Quitarla sin reemplazarla es dejar al sujeto más desarmado que antes.

2. Cada quien tiene su propio enganche

Dos personas pueden consumir exactamente la misma sustancia y tener experiencias completamente distintas. Una queda enganchada, la otra no. La diferencia no está en la droga sino en quien la recibe. Hay algo en la historia personal, en el cuerpo, en la forma de estar en el mundo, que determina qué efecto produce la sustancia en cada uno.

Esto significa que no existen los adictos en general, solo existen personas singulares con sus motivos particulares. Los protocolos uniformes que tratan a todos igual pueden funcionar para algunos pero fallar rotundamente para otros. Como acompañantes, nuestra tarea incluye descubrir qué es lo específico de cada persona, qué busca ella en particular cuando consume.

Preguntas para discutir:


  • ¿Conocemos la historia de las personas que acompañamos lo suficiente como para entender su enganche particular?

  • ¿Hemos caído en la trampa de aplicar las mismas estrategias con todos?

  • ¿Qué nos han enseñado las personas acompañadas sobre lo que la droga significa para ellas?

O1: "Los adictos no son adictos a drogas, sino que son adictos a un efecto que obtienen de las drogas: un efecto-específico-del-sujeto." [Loose, 2011, p. 4]

A2: Nadie es adicto a una sustancia. Cada quien es adicto a un efecto que solo él encuentra ahí. La química es universal; el enganche, irrepetible.

3. La cultura del "tenés que disfrutar"

Vivimos en una época donde pasarla bien se convirtió en obligación. Las redes sociales muestran gente feliz todo el tiempo, la publicidad promete satisfacción instantánea, el mensaje es claro: si no estás disfrutando, algo está mal. Este mandato cultural tiene efectos concretos sobre las personas que acompañamos.

Muchos adictos no consumen para rebelarse sino para cumplir con la exigencia de sentirse bien. La droga aparece como solución rápida cuando la vida no entrega la felicidad prometida. Además, cuando están en recuperación, pueden sentir una presión enorme por "estar bien" que paradójicamente los empuja a consumir. Como acompañantes, a veces necesitamos dar permiso para no estar bien, para que el malestar tenga lugar sin que sea una catástrofe.

Preguntas para discutir:


  • ¿Cuánta presión sienten las personas que acompañamos por "estar bien"?

  • ¿Cómo manejamos nosotros mismos el mandato cultural de la felicidad?

  • ¿Hay espacio en nuestro acompañamiento para que alguien pueda estar mal sin que eso sea un fracaso?

O1: "El goce y el placer se han convertido en un deber en nuestra cultura. Tenemos que disfrutar, porque tenemos a nuestra disposición todos los productos con los cuales hacerlo." [Loose, 2011, p. 3]

A2: El placer se volvió mandato. El adicto no desobedece la época: es su alumno más aplicado. Su exceso es obediencia disfrazada de rebeldía.

4. La droga como atajo que aísla

El sexo necesita de otra persona, el humor necesita que alguien entienda el chiste, la amistad requiere tiempo y malentendidos. La droga no necesita nada de eso: funciona sola. Esa es su eficiencia y también su trampa. La sustancia ofrece satisfacción inmediata sin pasar por el lío que implica relacionarse con otros seres humanos.

El problema es que ese atajo va dejando a la persona cada vez más sola. Los vínculos se van deteriorando, el mundo se achica, hasta que solo queda la persona y su sustancia. Como acompañantes, somos muchas veces el primer vínculo humano que se reinstala. Nuestra presencia constante, incluso cuando no "hacemos" nada especial, ya es terapéutica porque reintroduce al otro en la ecuación.

Preguntas para discutir:

  • ¿Cómo podemos ofrecer un vínculo que compita con la eficiencia de la droga sin pretender ser igual de inmediatos?

  • ¿Qué significa "estar disponible" para alguien que aprendió a no necesitar a nadie?

  • ¿Cómo manejamos el rechazo cuando la persona prefiere la sustancia a nuestra compañía?

O1: "La adicción es una elección de goce que se administra independientemente de la estructura que determina el lazo social con otras personas." [Loose, 2011, p. 5]

A2: La droga es el único objeto que nunca falla, nunca demora, nunca malentiende. Su perfección es su condena: satisface tanto que aniquila el deseo.

5. El riesgo de los ideales perfectos

Las personas en recuperación suelen buscar ideales: la abstinencia total, el programa perfecto, el gurú que tenga todas las respuestas. Esto tiene sentido porque la droga funcionaba como una solución ideal, y ahora buscan reemplazarla por otra cosa igual de completa. El problema es que los ideales perfectos tarde o temprano fallan, y cuando fallan, la caída es muy dura.


Como acompañantes, podemos sentirnos tentados a ocupar ese lugar de ideal, a ser la persona que tiene las respuestas y sabe qué hay que hacer. Pero si ocupamos ese lugar, cuando fallemos (porque vamos a fallar) la persona puede sentirse traicionada. Es mejor sostener un lugar más modesto: estamos ahí, acompañamos, no tenemos todas las respuestas pero tampoco vamos a desaparecer cuando las cosas se pongan difíciles.

Preguntas para discutir:

  • ¿Hemos sentido la presión de tener que ser "el que sabe" para alguien que acompañamos?

  • ¿Cómo manejamos nuestras propias limitaciones frente a personas que esperan soluciones ideales?

  • ¿Qué pasa cuando las personas depositan en nosotros expectativas que no podemos cumplir?


O1: "Los adictos pueden abstenerse muy bien. Siempre hay un ideal o un amo disponible. Cada

pedido de un amo parece conducir a la erección de uno o dos." [Loose, 2011, p. 15]


A2: El adicto cambia de droga, no de lógica: sustituye la sustancia por un ideal igual de absoluto. La abstinencia sostenida por un ídolo es otra forma de adicción.


6. Escuchar lo que la persona dice sobre su consumo


A veces estamos tan apurados por aplicar lo que sabemos sobre adicciones que nos olvidamos de escuchar lo que cada persona dice sobre su propio consumo. Pero nadie sabe más sobre su adicción que quien la vive. Los libros y las teorías nos dan marcos generales, pero el saber específico sobre cada caso lo tiene la persona misma, aunque muchas veces no sepa que lo tiene.


Nuestra tarea como acompañantes incluye ayudar a que ese saber emerja. Esto significa hacer preguntas genuinas (no las que ya tienen respuesta), tolerar silencios, no completar las frases del otro, permitir que la persona se contradiga y explore. A veces la información más valiosa aparece en comentarios al pasar, en chistes, en sueños que se cuentan como si no importaran.

Preguntas para discutir:


  • ¿Cuánto espacio damos a que las personas nos cuenten su propia versión de su adicción?

  • ¿Qué hemos aprendido escuchando que no hubiéramos podido saber de otra forma?

  • ¿Hay momentos donde nuestra necesidad de intervenir nos impide escuchar?

O1: "La única forma de salir del impasse es haciendo hablar la relación o el enlace entre causa y efecto... el enlace entre los aspectos patológicos es el sujeto." [Loose, 2011, p. 12]

A2: El adicto porta un saber sobre sí que no sabe que sabe. Escuchar no es esperar que termine para responder: es permitir que ese saber aparezca.

7. La importancia de poner límites

Hay una escena que se repite en muchos acompañamientos: la persona pide algo que parece excesivo, y no sabemos si decir que no es ayudar o dañar el vínculo. Pero los límites no son crueldad; son una función que muchas veces falta en la vida del adicto. La droga no pone límites: está disponible siempre, no dice que no, no pide nada a cambio. Eso que parece una ventaja es en realidad un problema, porque sin límites no hay deseo.


Decir que no, cuando corresponde, puede ser una intervención terapéutica poderosa. No se trata de ser arbitrarios o autoritarios, sino de introducir una función que la sustancia no tiene. Obviamente hay que saber cuándo y cómo, hay que tolerar la bronca que puede generar, hay que explicar sin sermonear. Pero el límite bien puesto es un acto de cuidado, no de rechazo.

Preguntas para discutir:

  • ¿Cómo distinguimos un límite necesario de una rigidez nuestra?

  • ¿Qué pasa cuando ponemos un límite y la persona reacciona mal?

  • ¿Hemos visto efectos positivos de límites bien puestos?

O1: "Este NO habría funcionado como un límite, como algo que la separa de su goce y por lo tanto habría funcionado como algo que provoca ansiedad." [Loose, 2011, p. 34]

A2: La droga nunca dice que no. Esa disponibilidad infinita es su veneno. El límite no priva: inaugura el espacio donde el deseo puede nacer.

8. Cada estructura necesita un trato distinto

No todas las personas adictas tienen la misma estructura psíquica. Para algunos la droga es una forma de conseguir un plus de placer, para otros es una forma de frenar algo que los invade. Lo que para una persona funciona como acelerador, para otra funciona como freno. Esto explica por qué el mismo tratamiento funciona maravillas con algunos y fracasa rotundamente con otros.


Como acompañantes no somos quienes diagnosticamos, pero sí podemos estar atentos a estas diferencias. Una persona que se desorganiza cuando no consume probablemente usa la droga para algo distinto que alguien que consume para "despegar". Estas observaciones pueden ser muy útiles para el equipo tratante y para ajustar nuestras propias intervenciones.

Preguntas para discutir:


  • ¿Hemos notado diferencias en cómo las personas usan las sustancias?

  • ¿Hay personas a las que acompañamos que parecen usar la droga para calmarse vs. otras que la usan para estimularse?

  • ¿Cómo comunicamos estas observaciones al equipo?

O1: "En neurosis y perversión la administración en adicción es cuestión de dispensar un goce extra. En psicosis la administración concierne al manejo de un goce insoportable." [Loose, 2011, p. 16]

A2: Uno consume para acelerar, otro para frenar. Misma sustancia, funciones opuestas. Tratar todas las adicciones igual es dar el mismo remedio a enfermedades contrarias.

9. El cuerpo guarda la historia

Antes de las palabras hubo un cuerpo en relación con otro cuerpo. La forma en que nos alzaron, nos tocaron, nos hablaron (o no), quedó grabada en nuestra manera de habitar el cuerpo. Muchos adictos tienen una relación complicada con su propio cuerpo: no lo sienten, lo sienten demasiado, lo atacan, lo descuidan. La droga a veces viene a regular algo de esa relación fallida con el cuerpo.


Como acompañantes trabajamos mucho con lo cotidiano y lo corporal: la comida, el sueño, la higiene, los horarios. Estas cosas que parecen menores pueden ser centrales. Ayudar a alguien a establecer rutinas corporales básicas, a registrar sensaciones, a habitar su cuerpo de manera más amigable, puede ser tan importante como cualquier intervención psicológica.

Preguntas para discutir:

  • ¿Qué hemos observado sobre la relación de las personas acompañadas con su propio cuerpo?

  • ¿Cómo trabajamos los aspectos corporales y cotidianos del acompañamiento?

  • ¿Hay diferencias en las personas cuando logran mejorar sus rutinas básicas?

O1: "El ritmo juega un rol en la regulación o gobierno de lo real y tiene una función en el sujeto que está íntimamente relacionada con la adquisición del significante." [Loose, 2011, p. 23]

A2: El cuerpo se armó en un baile anterior a las palabras. Sus fallas quedaron inscritas en la carne. La droga intenta reparar un ritmo que nadie recuerda haber perdido.

10. Ser el otro que faltaba

El adicto construyó un sistema donde no necesita a nadie: tiene su sustancia, tiene su ritual, tiene su forma de arreglárselas solo. El problema es que esa solución que prescinde del otro es también lo que lo destruye. Como acompañantes, nuestra función más básica es reintroducir la presencia de otro ser humano donde antes solo había una persona y su objeto.

Esto no requiere hacer cosas espectaculares. A veces es simplemente estar, aguantar, no irse aunque las cosas se pongan difíciles. Mostrar que hay un otro que tolera la frustración, que no se va cuando las cosas se ponen feas, que no ofrece soluciones mágicas pero tampoco abandona. Esa presencia constante y real es en sí misma una intervención que desafía la lógica de la adicción.

Preguntas para discutir:

  • ¿Qué significa "estar presente" para alguien que aprendió a prescindir de los otros?

  • ¿Cómo manejamos nuestra propia frustración cuando sentimos que no estamos haciendo nada?

  • ¿Hemos tenido experiencias donde nuestra simple presencia sostenida hizo diferencia?

O1: "El amor es una forma de poner el objeto a en el Otro. Tener una pregunta al respecto es intentar producir algún saber y ante todo tomar en cuenta al Otro." [van den Hoven, citado en Loose, 2011, p. 33]

A2: La adicción es un circuito cerrado perfecto: sujeto y objeto, sin interferencias. El acompañante reintroduce la falla: un otro que no completa pero tampoco abandona.

Conclusión

Las reflexiones aquí presentadas pretenden contribuir a la formación continua de quienes ejercen la función de acompañamiento terapéutico en el campo de las adicciones. El marco teórico psicoanalítico, lejos de constituir un saber abstracto y alejado de la práctica, ofrece herramientas conceptuales que permiten pensar con mayor profundidad las situaciones clínicas que se presentan cotidianamente.

La particularidad del acompañamiento terapéutico reside en su inserción en lo cotidiano, en la proximidad con aspectos de la vida del paciente que otros dispositivos no alcanzan. Esta posición privilegiada conlleva una responsabilidad: la de sostener una escucha atenta, una presencia consistente y una reflexión permanente sobre la propia práctica. Los puntos desarrollados buscan nutrir esa reflexión, no reemplazarla.

Es fundamental destacar que el saber teórico no sustituye al saber que se construye en la experiencia clínica compartida. Por ello, se recomienda utilizar este material en espacios de supervisión grupal, donde las ideas puedan ponerse en diálogo con los casos concretos y las dificultades reales que cada equipo enfrenta. La discusión colectiva enriquece la comprensión individual y fortalece la coherencia del dispositivo de tratamiento.

Finalmente, cabe señalar que el trabajo con personas en proceso de recuperación de adicciones demanda no solo competencias técnicas sino también un compromiso ético con la singularidad de cada sujeto. La adicción, comprendida como una forma de arreglárselas con el malestar, interpela nuestra capacidad de ofrecer alternativas que no sean meras sustituciones sino genuinas posibilidades de invención subjetiva. En esa apuesta reside la dignidad de nuestra tarea.

Referencias: Loose, R. (2011). Modern symptoms and their effects as forms of administration: A challenge to the concept of dual diagnosis and to treatment. En Y. Goldman Baldwin, K. Malone & T. Svolos (Eds.), Lacan and Addiction: An Anthology (pp. 1-38). Karnac Books.

 
 
 

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