La guerra invisible.
- Psicotepec

- 17 dic 2025
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Firmamos la paz con sangre invisible. Los imperios pacifican territorios mientras ejecutan singularidades. Tu pasaporte es tu elegante certificado de defunción.

La guerra invisible.
La paz imperial arrastra una sombra imperceptible pero omnipresente: su nacimiento en la violencia que pretende superar. Los tratados que cierran conflictos no cicatrizan heridas, solo las cubren con vendajes administrativos. Cuando los estadistas firman acuerdos, lo hacen sobre mesas pulidas con la misma madera que antes construyó trincheras. Las banderas ondeantes de la concordia flamean sobre campos donde identidades particulares fueron segadas como hierba silvestre, demasiado indómita para el paisajismo político. Esta paz organiza pero no restaura, calcula pero no comprende, archiva pero no escucha.
Nos enfrentamos entonces a la paradoja del orden pacificador: cuanto más eficiente es la paz totalitaria, más profundamente continúa la guerra contra la singularidad. El silencio de los cañones no significa el fin de la violencia, sino su sofisticación. La administración eficiente del territorio conquistado resulta más devastadora que las bombas: los documentos de identidad mutilan más profundamente que las bayonetas. La burocracia, con su rostro anónimo y objetivo, ejecuta una aniquilación perfectamente legal de lo único y lo insustituible. Los sistemas totalizantes celebran armisticios con los Estados mientras libran guerras silenciosas contra los rostros.
El genio de Levinas radica en desvelar esta continuidad subterránea entre guerra y paz dentro del paradigma de la totalidad. Su filosofía desenmascara la violencia inherente a cualquier sistema que subordine lo particular a lo universal, lo concreto a lo abstracto. La totalización opera mediante una doble reducción: primero, convierte seres en conceptos; después, ensambla estos conceptos en sistemas comprehensivos donde todo tiene su lugar asignado. Este orden aparente que promete seguridad exige a cambio la rendición de nuestra alteridad radical. La identidad alienada durante el conflicto abierto permanece igualmente perdida durante la reconciliación sistemática.
Esta crítica levinasiana no es mero ejercicio teórico sino desafío fundamental a la ontología occidental. La totalidad no representa un simple error epistemológico sino una orientación ética problemática. Al privilegiar la coherencia sobre la diferencia, el ser sobre el ente, lo universal sobre lo singular, nuestra tradición filosófica ha legitimado estructuras de dominación bajo apariencia de racionalidad. La verdadera paz, sugiere Levinas, no puede fundarse en la subsunción de lo Otro en categorías preestablecidas del Mismo. Requiere, por el contrario, una relación asimétrica donde la alteridad del Otro permanezca inviolable, irreductible a mi comprensión.
El ciudadano contemporáneo habita esta contradicción cotidianamente, dividido entre pertenencia y extrañamiento. Intercambiamos singularidad por seguridad en cada formulario que completamos. Nuestra identificación con mecanismos totalizantes nos convierte en cómplices inconscientes de la guerra invisible contra nosotros mismos. La subjetividad naufraga en mares de datos, estadísticas y categorías administrativas. Sin embargo, el rostro —ese exceso irreductible que escapa a toda catalogación— persiste como resistencia silenciosa. Cada mañana, millones despiertan atrapados entre sistemas que los clasifican y un infinito interno que ninguna clasificación puede contener. En esta tensión irresoluble radica nuestra condición: habitantes de imperios pacificados con guerras interiores inextinguibles. Referencias: Levinas, E. (1974). Humanismo del otro hombre. Siglo XXI




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