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Domesticación del horror.

La violencia satura cada momento, no como acontecimiento sino como atmósfera. La respiramos hora tras hora a través de pantallas que nunca duermen. El horror ya no es el espectáculo; es nuestra domesticación gradual de lo insoportable, nuestra indefensión aprendida disfrazada de ciudadanía informada.


Domesticación del horror.


La violencia dejó de ser acontecimiento para volverse clima. Respiramos masacres con el café matutino, terrorismo entre correos electrónicos, tiroteos escolares mientras scrolleamos feeds infinitos. Las pantallas nunca duermen y nosotros nunca dejamos de consumir catástrofes. Lo inquietante no radica en la brutalidad misma —siempre existió—, sino en nuestra adaptación metabólica a ella. El horror devino muzak existencial que acompaña la vida cotidiana sin interrumpirla jamás.


Mientras más informados estamos, menos sentimos. La hiperconciencia produce una anestesia perfecta: consumimos atrocidades para domesticarlas, creyendo que saber nos protege cuando, en realidad, nos paraliza. El ciudadano vigilante deviene espectador profesional de catástrofes que observa sin intervenir nunca. La indignación ritualizada sustituye a la acción transformadora. Nos volvimos archivistas meticulosos del apocalipsis cotidiano —curadores expertos de nuestra propia impotencia—, gestionando el horror como quien administra una bandeja de entrada.


El analizante contemporáneo llega saturado de imágenes, pero vaciado de experiencia. Relata masacres con el tono neutro del noticiero, con el afecto escindido de la cognición. El trabajo analítico actual exige algo contraintuitivo: no más conciencia, sino la recuperación de la capacidad de sentir, devolver al horror su peso insoportable, resistir la domesticación que convierte el sufrimiento ajeno en contenido scrolleable entre publicidades.


Lectura:


Sinclair, V., & Steinkoler, M. (Eds.). (2019). On psychoanalysis and violence: Contemporary Lacanian perspectives. Routledge.

Psicoterapia
45min
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